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Opinión pública

 1 jun 2018

Por: Otto Granados

El pensamiento convencional dice que los gobiernos modernos deben, como una de sus prioridades, tomarle cotidianamente el pulso a la opinión pública. Ahora existen en México numerosas empresas que se dedican a hacer estudios de opinión o encuestas, entre las que indagan acerca de temas tan trascendentes como los hábitos alimenticios o el precio del boleto del metro y que difunden sus resultados como si fueran el evangelio.

Se dice también que en la medida en que la política se ha ido convirtiendo en un ejercicio de marketing, lo importante son las percepciones que la gente tenga de sus gobernantes y no los resultado o la pertinencia de las decisiones que se toman. De esta manera, algunos políticos se han ido obsesionando hasta la saciedad con la creencia de que la popularidad es el bien del cual derivan todos los demás: la riqueza, el desarrollo, la equidad, el crecimiento, etc.

Eso me parece a mí que es un craso error, a estas alturas parece indispensable relativizar la importancia real que tiene llevar la denominada opinión pública como mecanismo genuino y efectivo de la acción gubernamental.

Lo primero es que como recurso psicológico para incrementar la autoestima personal, quebrarse la cabeza por los niveles de popularidad que se alcanzan es una práctica, creo yo, inútil. Generalmente todas las sociedades son crueles por naturaleza entre otras cosas porque, aunque necesitan líderes que las guíen, subliminalmente saben, con una mezcla de… digamos envidia o resentimiento, que sus personajes públicos ocupan un lugar distinto en la sociedad, que tienen el poder para mover los hilos de la historia que afectaran la vida colectiva y que disfrutan de características distintas de las del ciudadano común. Cosa que pasa, por cierto, exactamente igual en todo el mundo, incluso en democracias tan consolidadas como la británica, el tono de la opinión pública sobre sus dirigentes es sencillamente sanguinario, y en casos como el de México tener alta o baja aprobación no se traduce en nada concreto exceptuando en algunas categorías electorales en donde cabe la posibilidad de una reelección.

Por otro lado, algunos políticos novatos suelen confiar en exceso en el buen juicio de la ciudadanía, lo cual es una apuesta tan riesgosa como perdida, o bien supone que puede engañar al electorado todo el tiempo sin dar resultados concretos, recuérdese, por ejemplo, como la popularidad del presidente venezolano Hugo Chávez, que llegó a ser superior al 80%, cayó en picada hasta 30 o 40 puntos poco antes de morir, la moraleja es obvia, ese tipo de gobiernos pagan caro sus errores.

A la sociedad le gustaría que la barita presidencial la dotara, como por arte de magia de riqueza, de felicidad, de belleza; y algunos gobernantes quisieran tomar las decisiones drásticas, complejas e impopulares, y que a pesar de ello la gente los cubriera de alabanzas.

El mundo real, y el mundo de las política real sin embargo, es completamente distinto, cualquiera que haya tenido la experiencia del gobierno, sabe que en una proporción mayor a la imaginada, la demanda ciudadana se compone generalmente de caprichos personales, de proyectos extravagantes y de intereses tan particulares que son imposibles de satisfacer.

Ahí radica el corazón de la transición mexicana más allá de estos ejercicios y consolidar un sistema político fuerte y moderno, dependerá centralmente de elevar la calidad de la democracia y lograr sobre todo una ciudadanía efectiva, más autónoma, en la que cada quien sepa con claridad su papel y sus responsabilidades; y el gobierno, los partidos y el congreso sean lo suficientemente eficaces para hacer lo que deben hacer con independencia de los costos políticos que necesariamente se pagan. Si la democracia no hace felices a los hombres, las encuestas tampoco.