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El inglés y otros estorbos

 27 jun 2018

Por: José Luis Gómez Serrano

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José Luis Gómez Serrano



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José Luis Gómez Serrano nació en Aguascalientes en 1951. Estudió matemáticas en la UNAM, fue profeso ...



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En mi experiencia personal, la inmensa mayoría de la población mexicana no habla inglés, aunque se puede estratificar esta afirmación: por ejemplo los jóvenes de nivel medio en adelante han tenido mejor preparación en inglés que en mi generación, veo que mis hijos y mis sobrinos se expresan con soltura en ese idioma desde la prepa, cuando yo pude dominar el inglés hasta la universidad. Entre los de más de 40 años y la población de menos recursos, considero que la mayoría no habla inglés.

¿Qué pierde una persona que no sabe inglés? Depende del trabajo que tenga y de lo que quiera hacer. Los empleados de la gasolinera, el que sirve los tacos, la muchacha que atiende un Oxxo y el que cuida un rebaño de chivas en la sierra probablemente están igual con inglés que sin él para efectos de su trabajo, pero si alguien quiere ocupar un puesto de desarrollador en mi empresa y no sabe leer inglés, lo voy a rechazar porque hay mucha documentación necesaria para el puesto que está en inglés. No únicamente se pierden oportunidades de trabajo, se pierde a Shakespeare, James, Faulkner y todos los grandes escritores que dieron gloria a su idioma. Nos queda el consuelo de las traducciones, pero hay obras tan buenas, de una calidad tan fuera de serie, que es dificilísimo traducirlas a otro idioma y conservar su belleza y los méritos poéticos. Se pierden también el NewYorkTimes, TheGuardian, los millones de libros que están publicados en inglés, tanto originales como traducciones, y los twitters de Trump, que son una aberración del lenguaje, que lo divierten a uno, que ayudan a comprender la pequeñez de su mentalidad, siempre y cuando se pueda leer inglés.

El idioma es el vehículo por excelencia entre los humanos para comunicación, es tan ubicua su presencia que se convierte en algo más que vehículo, es un vínculo. Hoy en día, ¿de qué me sirve tener Skype y WhatsApp en mi computadora, lo mismo que todo el mundo, si no me puedo comunicar con japoneses, ingleses, rusos, y chinos? Debo limitar mi campo de acción y de relación y de aprendizaje si no existe un vínculo con la persona o autor que está al otro lado del mundo; ese vínculo, hoy en día, es el inglés.

Por estas razones, es estúpido despreciar el aprendizaje del inglés con el argumento que es el idioma del moderno imperialismo, como dice John Ackerman, asesor de AMLO. Como decía arriba, quizá para el despachador de la gasolinera da lo mismo hablar o no hablar inglés, pero no para cualquier persona que tiene que tratar o tiene que comunicarse con gente de otros países donde no hablan español, por ejemplo para los asesores de candidatos, los candidatos y el presidente.

Entre nuestros candidatos, he visto videos hablando inglés de Anaya y Meade; ambos se expresan con corrección gramatical, la pronunciación de Anaya es pasable y la de Meade es bastante pocha. Naturalmente le preguntan a López Obrador si habla inglés y empieza a cantinflear y a patinar: “no hablo inglés… pero… los grandes presidentes de México tampoco lo hablaban… claro, eran otros tiempos”. Francamente, como mexicano me da vergüenza que un candidato a presidente no sepa inglés y peor aún, que intente justificarlo. En esas posiciones, no hay justificación para ignorar el que es idioma de facto en las comunicaciones internacionales, nos guste o no, sea el idioma del nuevo imperio o el de Shakespeare, simpaticemos con Estados Unidos o lo aborrezcamos. Lo mismo que el Latín en el primer milenio, que fue el idioma en que se comunicaban las personas instruidas y en el que se conservó mucha sabiduría antigua, el inglés es el día de hoy el respositorio de prácticamente toda la información que produce la humanidad.

Cualquier líder que se respete habla inglés: Macron (en la reunión de Canadá), Trudeau (inglés y francés), Angela Merkel y Vladimir Putin (alemán, ruso, inglés), Corbyn (laborista del Reino Unido, inglés y español), y la lista es interminable: excepto el narcisista, que no necesita más que un espejo, todo líder nacional debe hablar inglés. Naturalmente los gringos libres de esta carga por ser su idioma materno y su arrogancia les hace creer que tampoco necesitarán otros idiomas: en este momento no recuerdo a ningún presidente de EEUU expresándose con soltura en otro idioma, y por el contrario leo y escucho a Trump utilizando un inglés primitivo y destazado. Por otro lado, si el nivel de conocimiento del inglés en México es del 10%, ¿en qué nos sorprende que un candidato no lo hable? También aquí, estamos consumiendo lo que el país produce.

El cargo de presidente es difícil (me imagino, juzgando por los pobres resultados de todos los presidentes de México que conozco), y entre otras muchas cosas necesita conocimientos, por ejemplo para juzgar si las historias que le llegan a contar son verdaderas o puro cuento. Se necesita criterio para juzgar si conviene o no construir una presa o una refinería, si se apoya al energía eólica o la solar, si se crea un premio para el mejor robot o el mejor método para almacenar agua, si quiere grupos de choque o ciudadanos productivos; no es lo mismo arengar a fanáticos en un mitin que decidir en qué aplicar el presupuesto. Para lo primero basta tener empatía con ese grupo y decirles lo que quieren oír, para lo segundo se necesita infinito cuidado, porque no hay dinero que alcance para cubrir todas las necesidades, ni siquiera con los ahorros de la corrupción.

Fox dijo que “resolvería el problema de Chiapas en 15 minutos”, Trump afirmó que “drenaría el pantano de Washington”, y también ahora tenemos afirmaciones temerarias, arrogantes, estúpidas e imposibles de AMLO, como “voy a acabar con la corrupción”. Lamentablemente esta es una lacra que ha asolado a todos los gobiernos del mundo, desde que hay gobiernos, y nunca se va a acabar con ella. Lo que yo haría es un 80/20, señalando 1) los contratos más grandes y asegurándome de que fueran asignados y cumplidos con todas las de la ley, y 2) hablando al oído de los gobernadores y diciéndoles que pongan en paz a su estado, o… Estos dos son el 20% que representa los mayores problemas de corrupción en el país medidos en dinero, y si AMLO o cualquier candidato quieren acabar con la corrupción, que empiecen poniendo nombre y apellido a los actos más importantes.

La democracia es un juego que se gana con arengas y se pierde por falta de cerebro. Es perfectamente posible que alguien arrastre a las multitudes señalando enemigos y prometiendo el paraíso, pero eso no sirve para gobernar y el ejemplo más claro es el Chavismo en Venezuela. Ser presidente es difícil, lo vuelvo a imaginar, requiere saber inglés, algo de ciencia, mucha administración, conocimiento de los humanos, habilidad para seleccionar funcionarios, claridad de mente y dos o tres ideas centrales, pero efectivas, para atender los problemas más fuertes del país. ¿Conoce un candidato así? Vote por él.

 

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