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Los nuevos retos para el PRI

 6 jul 2018

Por: Otto Granados

Como dije aquí mismo la semana pasada, las elecciones no se ganan ni se pierden, sino hay que explicarlas detenidamente, es todavía pronto para un análisis reposado, desde luego, pero hay que ir enfriando la pasión para dar paso a la comprensión de los hechos.

Para cualquier partido es una mala noticia perder el poder, pero para el PRI ha sido una tragedia mayúscula. A diferencia de otras formaciones propias de democracias liberales surgidas desde el ámbito ciudadano, o sindical, el nacimiento del PRI desde el poder en el siglo pasado, inevitable en el momento en el que el país iniciaba la construcción de su nuevo régimen, condicionó decisivamente sus patrones de comportamiento político, al menos en tres aspecto específicos: su relativa autonomía y destreza para procesa eficazmente sus tensiones internas, lo insuficiente que puede llegar a ser una oferta o un músculo programático por bueno que sea, de cara a los problemas nacionales cuando prevalece un pésimo humor social, y finalmente los cambios en la cultura cívica mexicana y en especial en lo ciclos políticos e históricos; es decir, por un lado el PRI nunca ha sido, en el sentido estricto, un partido clásico, sino más bien un modo de hacer política; y por otro la atomización de las bases y de las estructuras con las que tradicionalmente contaba.

Aunque el saldo hasta hoy es muy negativo, lejos está de ser el final de la historia y el PRI podría, paradójicamente, aprovechar un coyuntura propicia y hacer sus propios cambios al menos en dos planos profundos: aprender a pensar por cuenta propia y generar una nueva agenda para el país, y dos, reconstruir su concesión orgánica como actor político a partir del pragmatismo de la reconciliación con las bases y sobre todo de la renovación generacional.

La primera consideración tiene que ver con su fuerza real, a pesar de sus malos resultados, su presencia en los gobiernos estatales y en mucha menor medida en lo legislativo, pueden llevarle a ser una presencia cualitativa que compense los malos números con las buenas ideas y las buenas propuestas. Para esto requiere mucha inteligencia y  privilegiar, no a quienes se han vedado del partido por muchos años, sino atraer, ahora como fuerza opositora, a todos aquellos que por una causa u otra, no van a encontrar espacios en las filas ganadoras. Si a esto se añade el hecho de que todavía, estando con 12 gobernadores, entonces el capital político disponible para el tamaño de la debacle, no es despreciable. En otras palabras, como todo ejército, el PRI tiene que hacer un balance de sus fortalezas para saber exactamente con qué se cuenta.

En otras épocas la hidra partidista era ordenada por el poder central, ahora lo que existe en realidad, es una variedad de poderes, cada uno de los cuales mantiene una parcela de esa fuerza, un agenda propia, un catálogo de filias y fobias, y una baja propensión a la cohesión, y en ese archipiélago, hay que discernir quien encabeza un liderazgo efectivo. La justificación habitual que hasta hace poco se esgrimía desde adentro, era que no hacía falta moverse en la lógica del liderazgo habitual pero lo cierto es que, perdido su centro de gravedad, esta formación debe resolver las cuestiones centrales de dirección y aprovechar sus ventajas políticas relativas.

El otro fantasma con el que el PRI lidia y a veces lidia mal, parece tener densidad programática, y esto es algo más complejo todavía, porque no se resuelve y al menos no del todo, ni siquiera teniendo el liderazgo eficaz o eficiente, es decir, debe tener un agenda política propia, audaz, moderna, agresiva y fresca, que mal que bien imponga en la mesa nacional los temas más urgentes para la sociedad.

Es decir, lo que falta es una definición clara de cara al electorado sobre el México en el que el PRI está pensando, las acciones políticas precisas que esta adoptando que respalden ese pensamiento, y los riesgos y compromisos que está dispuesto a asumir en un radical esfuerzo de modernización política y estratégica. Si en el PRI salen con los cuchillos largos, el saldo electoral de los próximos años podría ser nuevamente desastroso en lo electoral y en lo sistémico para el país, que gradualmente se irá quedando sin alternativas partidistas fuertes y competitivas, que sirvan de control y contrapeso, al partido gobernante.

 

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