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Simulación y corrupción

 20 sep 2018

Por: Alan Capetillo

Aunque tradicionalmente muchos asocian la corrupción con el enriquecimiento ilegitimo basado en recursos públicos, la verdad es que –aunque indudablemente implicada- tal asociación resulta bastante limitada respecto a todo aquello que la palabra envuelve. Ello pues, si de verdad queremos combatirla, la corrupción puede y debe ser entendida como un fenómeno mucho más amplio y complejo que la simple apropiación ilegal de recursos públicos.

La corrupción es, ante todo, engaño institucionalizado, o lo que es lo mismo, deshonestidad pública. Al corrupto no lo define el robar, al corrupto lo define sobre todo el mentir, el engañar y el simular. A diferencia de los ladrones vulgares el corrupto no busca hurtar y desaparecer sino por el contrario se esfuerza por permanecer y aparentar públicamente que la disposición y uso facciosos que hace del espacio y los recursos públicos responde la probidad -cínicamente simulada- del interés público.

Ahora bien, aunque los ejemplos son bastos y cotidianos, para ilustrar lo dicho hago hincapié en dos hechos públicos recientes de nuestro querido Aguascalientes. 

El primero de ellos. El muy popular y seguramente exitoso anunció que la Alcaldesa Tere Jiménez diera en días pasados respeto a los conciertos gratuitos –con cargo obviamente a los contribuyentes- que bajo pretexto del aniversario de la ciudad presentaran a los muy significativamente hidrocálidos, republicanos y austeros Alejandro Fernández, Julión Álvarez y la banda MS. Pan y circo diría el romano Juvenal. Obsceno derroche de recursos públicos -no robados, pero si dilapidados- en una muy evidente, grosera y vulgar estrategia de posicionamiento popular que, aunque carente de toda virtud auténticamente publica que la justifique, los estrategas políticos de la alcaldesa seguramente imaginan –no sin cierta razón- podrá capitalizar en la siempre veleidosa e irracional percepción emocional de los electores. Fina y sutil -es decir corrupta- manipulación de los recursos públicos con una finalidad evidentemente banal, egoísta y personal. 

El segundo caso, aunque un poco más complejo, tendríamos que pensarlo en el auténtico significado del ayer celebrado foro por un acuerdo nacional sobre la educación. Nombre pomposo de un acto que sin metodología, rigor intelectual o sentido racional, aglutinó un conjunto de decenas y cientos de ocurrencias, desplantes y buenos deseos que sin mayor trascendencia servirán, como siempre que se hacen este tipo de eventos, para justificar con una imagen fotográfica la apariencia democrática de una autentica –pero falseada- deliberación pública. Evidente simulación que, pasado el bochornoso espectáculo, servirá siempre como mítico referente de legitimación para la destrucción, con finalidades clientelares -disfrazadas siembre bajo la apariencia del dialogo y la discusión-, de uno de los logros institucionales más importantes que este país ha tenido en los últimos años, es decir, la reforma educativa.

Y es que más allá de la catarsis colectiva de miedos y frustraciones escuchadas el día de ayer, lo cierto es que el único derecho realmente existente, la única afirmación moral fundamental en cualquier asunto relacionado con la educación, es el derecho de los estudiantes a ser educados por el mejor maestro y por las mejores prácticas existentes. Sencillo axioma deliberadamente omitido en todas las discursivas escuchadas el día de ayer.

Pero bueno, así son los usos del país de la corrupción y la simulación permanentes de lo que no es. Usos y prácticas que debemos señalar y denunciar una y otra vez, por la deshonestidad que implican y la invalorable fibra moral que destruyen en oprobio y trivialización de la honestidad intelectual como la principal de las virtudes públicas. Dicho, en otros términos, mientras nuestra vida pública no supere tan grotescos ejemplos de simulación, jamás acabaremos con la corrupción.

 

Las ideas aquí expresadas pertenecen solo a su autor, binoticias.com las incluye en apoyo a la libertad de expresión