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Consulta popular

 19 oct 2018

Por: Martín Barberena

Han transcurrido poco más de tres meses desde la elección que ungió a Andrés Manuel López Obrador como presidente electo de México. Ganó por mucho y ganó derecho, eso ni duda cabe.

Desde entonces el sistema político se cimbró dada la abultada mayoría de Morena en la que el PRI casi desapareció, ahora vivimos los efectos nocivos de legislaciones inadecuadas para los tiempos, circunstancias y personas que no se contemplaban en el horizonte político. Y me refiero específicamente a este largísimo impar de cinco meses entre la fecha de la elección y la toma de posesión del presidente electo.

En solo 100 días se han producido una serie de procesos increíbles, sin juzgarlos buenos o malos, sencillamente son sorprendentes por la trascendencia pública que tienen y sirven para ir diseñando el perfil de la próxima presidencia.

Entre lo relevante se encuentra el tope del sueldo del presidente, el sobreseimiento del juicio de la maestra Elba Esther Gordillo, la aprobación de la cannabis total, la sentencia de Javier Duarte, la firma del nuevo NAFTA, estira y afloja con las fuerzas armadas y el nuevo presupuesto federal, entre los que recuerdo.

Pero si hay uno que de verdad acapara la atención es el asunto del nuevo aeropuerto, desde la ineptitud de Fox que impidió su construcción a principios de siglo, debido a los machetes de Atenco, hasta ahora que se someterá a una consulta popular, el país vive la incertidumbre y el desasosiego.

Nos guste o no, todos nos vemos en la necesidad de pasar por la Ciudad de México casi por regla general cuando se piensa en volar. Por ello resulta francamente difícil pronunciarse al respecto, fundamentalmente por tratarse de un tema eminentemente técnico, que se confía al gobierno en turno, y las consultas populares no sirven para contraponer decisiones ya tomadas.

Es más, México es de los pocos países en América Latina que no ha activado ningún mecanismo de democracia directa en casi un siglo. Aunque se haya legislado recientemente, México no ha aplicado ni referéndum, ni plebiscitos, ni consultas populares.

Algunos de los casos más relevantes en el continente, que se tienen contemplados es Uruguay en 1980, aquel referéndum que allanó el regreso a la democracia; en Chile en 1998, que le dijeron “no” a Pinochet; en Venezuela, el presidente Chávez uso este mecanismo en 1999 para superar bloqueos institucionales, e iniciar la revolución bolivariana; en 2004, en Bolivia, la guerra del gas que derrocó a al presidente Sánchez Lozada y los más recientes, un o en Panamá que permitió la ampliación del canal y el “no”definitivo de Evo Morales para reelegirse.

En todo estos casos, lo que había una gran crispación social de marchas y protestas, situación que no ocurre con el aeropuerto de Texcoco, es más, el que lo subió a la agenda política desde la campaña, fue el entonces candidato Andrés Manuel López Obrador, y ahora ya electo, no quita el dedo del renglón. Algo ha de saber para hacer tanto ruido.

Sin embargo la confusión es mayúscula con respecto a la consulta, ¿Quién convoca? ¿Quién escoge los centros de votación? ¿Quiénes son los funcionarios? ¿Quién imprime? ¿Quién paga? ¿Y por qué motivo se decide vinculante cuando no es ningún órgano de Gobierno quien convoca?

Este ejercicio público de democracia directa, merece mucha mayor formalidad institucional, más allá de la legitimidad del presidente electo, esto no basta para organizar una fiesta plebiscitaria e invitar a la población a votar por un asunto en que él ya se definió, y esto de alguna manera sesga la consulta.

Peor aún, el propio  López Obrador ha mudado varias veces de opinión, y la más reciente es haber declarado que si lo quiere construir la iniciativa privada, pues que lo hagan. Lo cual da por descontado aquello que ha afirmado con respecto al impacto ambiental y la irreparable afectación al lago de Texcoco.

Lo que sí queda clarísimo es que la administración de Peña Nieto ha resultado un total fiasco en materia de Comunicaciones y Transportes: no hubo tren rápido a Querétaro a cambio de Casa Blanca, el tren a Toluca no hay para cuando y todo apunta a que el aeropuerto está en el aire. Lo que sí deja Peña es un gran socavón, lo que significa el sello histórico de su gestión.

 

Las ideas aquí expresadas pertenecen solo a su autor, binoticias.com las incluye en apoyo a la libertad de expresión