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Après moi, le déluge

 15 may 2019

Por: José Luis Gómez Serrano

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José Luis Gómez Serrano



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José Luis Gómez Serrano nació en Aguascalientes en 1951. Estudió matemáticas en la UNAM, fue profeso ...



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A dos reyes franceses, símbolos del absolutismo –los monarcas de la época creían que su poder era absoluto, que había sido otorgado por Dios, y su voluntad era lo mejor para el pueblo- debemos dos frases que pasaron a la historia: l’État c’est moi (el Estado soy yo, Luis XIV, 1638-1715) y la que da título a este escrito, que significa “después de mí, el diluvio”, atribuida a Luis XV (1710-1774), nieto de Luis XIV). Los dos vivieron en una Francia importante, probablemente la nación más fuerte dentro de Europa; España era fuerte por sus colonias y por el oro que fluía desde América, pero lo malgastaron en guerras contra todo mundo, al contrario de Francia, que asesorada por el cardenal Richelieu, en la infancia de Luis XIV terminó la Guerra de los Treinta años, donde el cardenal había intrigado con católicos y protestantes para fortalecer a Francia y terminar con una Alemania devastada por esa guerra, librada en su territorio. Richelieu y el siguiente asesor real, Mazzarino, contribuyeron al engrandecimiento de Francia y les facilitaron el camino a los dos Luises para vivir con lujos, hacer exactamente su voluntad y asumir que cada uno de ellos era el Estado.

Luis XV no tuvo esa calidad de asesores, prefirió hacerle caso a sus amantes, principalmente a la más famosa de todas, Madame de Pompadour; el monarca tenía la cualidad muy real de aburrirse de la amante en turno al cabo de un tiempo, pero era generoso y la convertía en condesa o duquesa, dotándola de un palacio y un ingreso para que no se quedara con mala impresión de él. La Pompadour supo conquistar el corazón del monarca y ganarse su confianza durante muchos años; se convirtió en su asesora principal y contribuyó al despilfarro de las finanzas públicas que degradó la Francia dejada por Richelieu. A Luis XVI la historia atribuye la frase Après moi, le déluge.

No todo fue negativo en tiempos de Luis XV: por ejemplo, se empezó a publicar uno de los hitos en la historia del libro: la Enciclopedia, compilada por las grandes mentes de la época como Voltaire, Montesquieu, Rousseau, D’Alambert. Montesquieu es también importante porque fue el que describió en forma ordenada y sistemática la división del poder en tres: ejecutivo, legislativo, judicial, y estipuló una serie de “checks and balances”, como dicen en Estados Unidos, para que ninguno de los tres poderes mandara sobre los demás, sino para que fueran realmente independientes. La obra en cuestión de Montesquieu es El espíritu de las leyes. Sus consejos no fueron aplicados a la Francia de Luis XV, el rey siguió siendo el rey, y Francia siguió caminando cuesta abajo, culminando en la Revolución Francesa de 1789, donde mataron a Luis LXVI y a María Antonieta, cobrando el pueblo la factura que le debían los monarcas desde Luis XV cuando menos.

Pasan muchos años, nos cambiamos de continente y surge otro monarca absolutista. Andrés López hace lo que le da la gana, como el adolescente que vive en casa de sus papás y empieza a ejercer la madurez mediante el ejercicio de su libertad, no buscando un trabajo. Se le dan advertencias a Andrés López: algunos de los privilegiados cerca de él, en los pocos momentos del día en que deja de hablar Andrés y quizá pudiera escuchar; algunos de ellos le dicen que no, que su consulta patito no llega ni a consulta gansito, que México tiene ya problemas como para hacerla de refugio para todo autodeclarado centroamericano perseguido, que no hay dinero para cierto proyecto. Todo es rechazado. La prensa publica editoriales y artículos en donde se argumenta que la cosa no es por ahí en prácticamente cualquiera de las iniciativas de la 4T, pero tampoco, Andrés tiene sus números, que sirven para probar que todos los que lo criticamos estamos equivocados, aunque Jorge Ramos tenga esos mismos números en otra presentación. Jorge Ramos está tan equivocado que hay que quitarle su licencia de periodista.

Andrés López compromete el erario gastando lo que no tiene (ya empezó a pedir fiado) para hacer proyectos estúpidos, como el Tren Maya. Peor aún, centrando el desarrollo estatal productivo (?) en el petróleo, en vez de estimular el uso de la energía solar: probablemente considera que el sol también es fifí. Entre paréntesis, echar mano del petróleo es lo que han hecho los execrables gobiernos neoliberales, y que es uno de los causantes principales de las crisis que padece México.

En vez de estimular el trabajo y la creación de empleos, Andrés López fomenta la inactividad y la vagancia, regalando dinero. Entiendo a medias lo de los viejitos (yo soy “viejito” pero quiero morirme al pie del cañón, trabajando) pero no entiendo lo de los jóvenes becados: ¿en razón de qué? ¿Nos caen muy bien los jóvenes sin oficio ni beneficio? ¿No sería mejor condicionar la beca a que se pongan a estudiar y presenten buenos resultados? ¿Cuál es el mensaje que se transmite: “ponte a trabajar” o “puedes seguir con tus videos”?

Diderot empezó a publicar la Enciclopedia con el favor real y con la ayuda de otros muchos intelectuales importantes, como el matemático D’Alambert, de quien yo conocí un poco de su obra cuando estudié Ecuaciones Diferenciales Parciales. En gran contraste, Andrés López se hace asesorar culturalmente por Paco Ignacio Taibo y por Elena Poniatowska, de quienes me sorprende que todavía no hayan sido nominados para el Nobel en Literatura, porque definitivamente no califican para el nobel en física a pesar del entusiasmo que despiertan en todo México.

Lo que saca adelante a un individuo, una empresa o una nación es trabajo, trabajo y más trabajo. Naturalmente, inteligentemente empleado, buscando las capacidades individuales para que desarrollen su potencial, atentos a las señales de los tiempos para saber qué hacer y qué no hacer. Pero en el fondo es trabajo, trabajo y más trabajo. Esta noción es algo ajeno al universo del presidente, quien se mueve en un mundo maniqueo de pueblo bueno vs. fifís, quien habló en su momento de tomar pozos petroleros, y habla hoy en día de que paisanos en Tabasco no paguen la cuenta de luz. Eso no es trabajo, eso es agitación política, para lo que definitivamente don Andrés ha sido muy bueno, pero el tiempo de la agitación se terminó: ahora dirige un país y lo tiene que sacar adelante con trabajo de todos, trabajo productivo, y no en luchas internas de fifís contra el pueblo bueno. Esta actitud del presidente es natural, porque desde hace muchos años no se le conoce un trabajo productivo, nada más trabajo político, trabajo de agitación; en este contexto pregunto: ¿cuál es el valor agregado para el país de que los tabasqueños no paguen la cuenta de luz? Con trabajo hacía Beethoven sus sinfonías: se le ocurría una “tonada”, vamos a decir la del Himno a la Alegría; luego venía el largo y arduo trabajo de envolver esa tonada en acordes, en presentarla de varias maneras, en decidir entre varias alternativas. La novena sinfonía le costó al Maestro varios años de trabajo, regalo suyo para todos los hombres. Los norteamericanos construyeron una nación grande y fuerte enviando al principio del S.XIX a colonos a vivir en descampado: el gobierno les vendía a bajo precio y les fiaba los terrenos (todo al Oeste de los Apalaches estaba libre), con la condición de que se fueran ahí, se establecieran y volvieran productiva la tierra. Thomas Alva Edison acumuló en su vida cientos de patentes (el gramófono, el foco eléctrico…) con miles de horas de laboratorio, ensayando diversas ideas, descartando muchas, perfeccionando las que eran mejores. Los pozos petroleros se excavan con muchísimo conocimiento y muchísima tecnología, no cualquier burro se pone a escarbar con pico y pala para sacar petróleo -¿cómo le haría si el yacimiento está en el fondo del mar?-, que es trabajo inteligente, basado en experiencia y en ciencia, a pesar de lo que dice en un video nuestro ilustre presidente: “excavar pozos no tiene ninguna ciencia”. Que venga a Aguascalientes a excavar un pozo de agua, no de petróleo, que buena falta nos hace aquí…

Hasta el instinto político está perdiendo don Andrés. Con decisiones tomadas “por ley de sus calzones”, se quita la red de seguridad que todo político crea debajo de él, que en términos llanos es: hay que tener alguien a quien echarle la culpa si las cosas salen mal. Cuando fracase el Tren Maya, no podrá echarle la culpa a Don Porfirio (el único gobernante que realmente extendió la red ferroviaria) ni a los regímenes neoliberales. Él será el único culpable. Que no haya leído a Montesquieu y no sepa que no hay que meterse con los otros poderes sino respetarlos, que no puede “instruir” al Congreso ni nombrar jueces, lo entiendo; pero no entiendo que esté cavando su propia tumba.

Mi pronóstico para un país bajo esta dirección es reservado.

Después de mí, ahi se las arreglan.
AMLO

 

 

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