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Perspectiva. Una amputación

 22 feb 2021

Por: Enrique Gómez Orozco

Los números reales salieron ya desde el mismo Gobierno: la destrucción del aeropuerto de Texcoco costará 2.3 veces más de lo que había dicho López Obrador. Pagaremos 331 mil millones de pesos por tirar la obra de ingeniería civil más grande de la historia de México, el aeropuerto mejor diseñado de Latinoamérica y lo que sería nuestra puerta de entrada al mundo y al futuro. 

Ningún funcionario está preso por las presuntas corruptelas y, lo peor, la solución planteada con Santa Lucía es una broma de mal gusto para cualquier experto en aviación. Pagar por destruirlo será sólo el enganche. El país cargará durante generaciones el costo en crecimiento, oportunidades y empleo. Carlos Slim calculaba que la construcción de Texcoco podría impactar en beneficio de al menos 4 millones de personas. 

Un aeropuerto internacional de la dimensión de Texcoco es el corazón de una economía del Siglo 21. Ahí llegan quienes invierten, hacen turismo o se comunican con el mundo para desarrollar conocimientos. Corea del Sur sería inimaginable en su prosperidad sin el aporte de Incheon, el segundo aeropuerto con mejores calificaciones. China y su arribo al desarrollo serían impensables sin la red de aeropuertos construidos en las dos últimas décadas. Tan solo Beijing terminó su aeropuerto internacional y comenzó Daxin, para ampliar su capacidad con 72 millones de pasajeros más por año. Hace poco más de una década China inició la construcción de 13 aeropuertos de talla mundial. Sin ellos no hubiera podido sacar de la pobreza a mil 300 millones de personas. Para 2023 se estima que el gigante asiático no tendrá pobreza extrema. 

Dubái con su aeropuerto y su línea aérea “Emirates” transformó un desierto en una sociedad de primer mundo. Mucha gente cree que la riqueza del emirato proviene de los hidrocarburos, sin embargo sus ingresos petroleros son apenas el 5% de su producción. Lo demás es comercio, banca y turismo. Abu Dhabi, el emirato rico, sigue la lección y lo mismo hace Qatar. 

La destrucción de Texcoco es una amputación, nos deja mancos ante la competencia internacional por pasaje aéreo. También será el testamento de un gobierno que prefiere lastimar la prosperidad de unos cuantos antes que mejorar las condiciones de vida de la mayoría. Bien lo dijo Carlos Urzúa, primer secretario de Hacienda cuando renunció: se pudo castigar a quien lucró con la obra y no destruirla. Tampoco representaba una carga para el erario, así que empresarios propusieron hacerse cargo de la empresa. Nadie escuchó.

Un día tuve una respuesta de un funcionario federal que me dejó frío y casi me hizo vomitar. La “terminación fue un acto de poder, una decisión que envía un mensaje claro de quién manda aquí”. Tuve que cortar la conversación, no podía resistir tanta mezquindad para favorecer el poder de un solo hombre. 

Santa Lucía es un parche, un lugar sin destino, sin pies ni cabeza para organizar el tráfico aéreo desde el interior o el extranjero. Un día Miguel Torruco, secretario de Turismo, dijo que ese aeropuerto serviría para el tráfico interno y el Benito Juárez para el internacional. Absurdo. ¿Quién viajaría del Aeropuerto Internacional de Guanajuato para ir a Santa Lucía y recorrer toda la ciudad de México para llegar al Benito Juárez y de ahí volar a Europa? Lo más simple será ir a Dallas a Houston o a Cancún sin tanto brinco. Quitar Texcoco fue una amputación en un delirio de poder.

 

Las ideas aquí expresadas pertenecen solo a su autor, binoticias.com las incluye en apoyo a la libertad de expresión

 



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