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Apuntes sobre una isla rica y una isla pobre (2da parte)

 19 jul 2021

Por: Enrique Gómez Orozco

El triunfo de la Revolución Cubana fue posible por la dictadura de Fulgencio Batista, un militar que había tomado el poder en 1952 mediante un golpe de estado. Fidel Castro y sus guerrilleros encontraron apoyo en los campesinos olvidados y en la juventud que quería un cambio. Por eso triunfaron.

Las condiciones de vida de la isla no eran distintas a las de México, Argentina o Chile. Sobresalía su economía de turismo y una agricultura desarrollada. Cuando Castro asume el poder a principios de 1959 la economía crecía por la inversión extranjera y La Habana estaba en camino de convertirse en una ciudad como Las Vegas, con todo el apoyo de la mafia norteamericana.

Los primeros meses de la revolución dieron la impresión al mundo de que Cuba pasaría de la dictadura a la democracia. Incluso mi padre participó en una convención de distribuidores de automóviles en La Habana. Recordaba, por los juicios públicos sumarios como el de Huber Matos, el sentimiento de que un cambio negro y profundo vendría.

Después de casi dos años en el poder, en diciembre de 1961, Fidel Castro se declara marxista leninista. Hace una reforma agraria, reparte la tierra y expropia todo lo demás. De ahí surge el embargo norteamericano. Estados Unidos había cometido el error de patrocinar una invasión a la isla en abril de ese mismo año en la bahía de Cochinos. Un fracaso que consolidó el poder de Castro y abrió las puertas a la Unión Soviética.

La Unión Soviética recrudece la Guerra Fría con el envío de misiles nucleares que John F. Kennedy atajó. Existe la versión de que Fidel había pedido a Nikita Krushev, el líder ruso, no retroceder, lo que hubiera creado un conflicto nuclear sin precedentes. La presencia soviética duró hasta principios de los 90 cuando cayó el comunismo en Europa y China estaba enfilada en una larga marcha hacia el capitalismo más productivo de la historia.

Aún recuerdo la presencia de los soviéticos en Cuba. En 1984 durante un viaje familiar llegamos al hotel El Nacional, una construcción antigua que recordaba los días de auge turístico. Las mejores habitaciones las ocupaban ellos, los privilegios que antes tenían los mafiosos de Estados Unidos ahora eran para los rusos.

Las tiendas donde había abundantes productos sólo eran para los turistas o para los cubanos que nos entregaban dólares para comprarles algo. Eran discriminados en su propia tierra. Tampoco podían ir a los hoteles españoles en Varadero y desde entonces notamos la diferencia entre quienes recibían remesas de sus parientes emigrados a Estados Unidos y quienes dependían de su libreta de consumo.

Repetiré algo contado en otras ocasiones: desde llegar al aeropuerto todo era lúgubre. Escasa luz en la terminal, el camino hacia el centro de la ciudad oscuro y al amanecer, aún cálido en diciembre, surgió una ciudad en el abandono. Las calles con costras de mugre, las paredes descarapeladas y sin pintura, las ventanas cubiertas con plástico y una imagen que nunca olvidaré: un cubano acostado en una hamaca dentro de una hermosa casa colonial en ruinas. “Es que viven muchas familias en esas casas expropiadas”, comentó el guía.

La gente cálida y afectuosa charlaba sobre la Revolución, pero no mucho, vivían con terror. La camarista del hotel, una señora mayor, bastante rolliza, asomaba por el cerrojo de la habitación para asegurarse que nadie la escuchara. Para ella trabajar en un hotel que alojaba latinoamericanos era una bendición porque recibía buenas propinas en dólares. Maldecía a los rusos, primero porque dejaban las habitaciones inmundas y de poco servían los escasos rublos de limosna.

La peor afrenta la tuvimos en la librería, donde todo era pensamiento marxsista leninista o castrista. No había más. Por ahí en algún rincón aparecían novelas españolas de antes de la Guerra. El problema de las carencias materiales, la discriminación o los límites para salir de la isla, palidecieron frente a la infamia de no permitir el libre acceso a las ideas de nuestro tiempo. Imposible tener el menor desvío intelectual sobre el dogma y la doctrina impuesta. Comprendí que Cuba era algo más que una cárcel física, era una prisión intelectual.

 

Las ideas aquí expresadas pertenecen solo a su autor, binoticias.com las incluye en apoyo a la libertad de expresión

 



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