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Perspectiva. La palabra olvidada

 21 jul 2021

Por: Enrique Gómez Orozco

Hay una palabra que no aparece en el lenguaje de la llamada Cuarta Transformación, la misma que es inexistente en las dictaduras cubana y venezolana: incentivo. Tampoco existe en Corea del Norte y nunca fue pronunciada en los regímenes totalitarios. 

Sin incentivos la vida pierde sus colores, elimina ilusiones y puede provocar depresión y el terrible nihilismo asociado con la nada y la muerte. Pocos filósofos han descrito con tanta profundidad el motivo de vida como Viktor Frankl en su libro, “El hombre en busca de sentido”, donde los judíos que sobrevivieron a los campos de concentración nazi, lo hicieron en su mayoría porque tenían una tarea pendiente que cumplir, un familiar que acompañar o una meta que lograr previa a la tragedia del Holocausto. Lo más importante:  un semejante a quien salvar. 

Frankl, un psiquiatra austriaco, crea la logoterapia como método de análisis existencial. ¿A dónde vamos? ¿Cuál es el sentido de vivir? ¿Quo vadis?, dice San Pedro al Señor, una buena pregunta del existencialismo cristiano. 

Muchos críticos del liberalismo, nuevo o arcaico, asocian los incentivos sólo a cuestiones de bienestar material, sin embargo los hoy mal llamados “aspiracionistas”, son quienes hacen evolucionar a la humanidad. 

La maravilla de la libertad es que cada quien pueda encontrar ese sentido en la pluralidad de ideas, oficios o creencias. Cuando alguien dice: estás con la Revolución o contra la Revolución; estás con la Cuarta Transformación o en contra de ella, aniquila el incentivo individual. Ya no cuentas. Esas son frases que llevan una carga totalitaria impensable en cualquier democracia.

¿Qué incentivos tienen los jóvenes en nuestro país cuando volvemos a la solución paternalista que no funcionó en el pasado? ¿Qué pensar cuando desde el poder insultan la voluntad de aprender lo más profundo del conocimiento mediante una maestría o un doctorado? Recuerdo la Revolución Cultural de Mao de los sesenta, donde los intelectuales y trabajadores de oficina eran enviados a las granjas comunales de China. Qué decir de Pol Pot y los Jemeres Rojos en Camboya, donde exterminaron a 2 millones de personas porque eran sospechosos, porque querían borrar todo signo de cultura anterior a la dictadura. Hasta quien usaba lentes podía ser fusilado como indeseable intelectual. 

En el discurso oficial mañanero hay un tufo de primitivismo comunista; desde tener un sólo par de zapatos, hasta el desprecio por las aspiraciones académicas de la clase media. Pura contradicción al ver una simple muestra de los “outfits” de los políticos de alto rango pertenecientes al partido  gubernamental o el suntuoso Palacio Nacional convertido en despacho del Presidente. 

México seguirá estancado si no retomamos el lenguaje correcto; la palabra que motive, incentive, ilusione y de cauce a la energía de millones. Un asunto vitalista como lo demuestra un sólo cambio en la frase preferida del dictador Fidel Castro: “Patria o Muerte” por “Patria y Vida”. Cambio que le hubiera encantado a José Ortega y Gasset, nuestro filósofo hispano que descubrió el poder del “vitalismo”. 

Nos llegan larvas a los oídos con la repetición de martillo de palabras que ya perdieron significado: neoliberales, fifís, conservadores, aspiracionistas. Las repito con amargura porque se han enquistado en nuestra conciencia desde hace más de dos años. Tenemos que recurrir a un lenguaje distinto. Deberíamos convencer a historiadores, poetas y literatos que nos ayuden a describir y descubrir un país donde vuelva la ilusión, la felicidad de producir, aprender y creer de nuevo que el futuro nos pertenece también. 

En el principio ya existía el Verbo. Juan 1.1

 

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