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Hablemos del agua

 3 nov 2021

Por: Otto Granados

Hace unas semanas, el influyente analista internacional llamado Moisés Naim, dedicó uno de sus programas, a explorar la crisis global de escasez de agua y por qué deberíamos repensar nuestra relación con este vital recurso, entre otras cosas, ese análisis demostró con datos duros, cómo ha venido creciendo el estrés hídrico en el mundo y cómo puede haber, y de hecho hay, una correlación alta entre la disponibilidad o escasez del recurso y los costos que se pagan o que se dejan de pagar por él, el problema no es para nada nuevo, llevamos quizás discutiéndolo cerca de medio siglo y al menos unas tres décadas en Aguascalientes, pero parece que no hemos logrado entender a cabalidad.

La dimensión del problema sin duda el más importante para la sostenibilidad del Estado a largo plazo, como es natural en un aspecto tan sensible social, ambiental y económicamente. Los enfoques con que se estudia la gestión del agua van desde concebirla como un derecho humano, un bien común y, por lo tanto, de libre disposición hasta entenderla como un elemento exclusivo de una economía de mercado sujeto en consecuencia de las reglas de la oferta y de la demanda.

Por lo demás, aún cuando la naturaleza de la discusión en México no parece muy diferente de la que ha habido en otras partes del mundo, destaca la admisión de que el modelo tradicional de gestión del agua, es decir, bajo administración municipal directa, precios artificiales, falta de incentivos para su mejor aprovechamiento, escasa cultura del rehusó, es sencillamente inviable desde cualquier perspectiva.

En segundo lugar, Joaquín México no es la excepción a una realidad muy crítica, y es que en las últimas 7 décadas, mientras que la población aumentaba de 48 millones de habitantes a 130 millones en la actualidad, el país redujo su disponibilidad anual de agua por habitante de unos 18,000 m³ a tan sólo 3982, lo que significa que en el año 2030 estaremos por debajo de los 3500 m³ per cápita al año, que son los recomendados según los estándares internacionales.

 En el caso de Aguascalientes, los desequilibrios hídricos en una región que es semiárida, que no cuenta con lagos ni ríos permanentes y que tiene una modesta precipitación pluvial en torno a los 500 mm anuales, pues son claros sobre explotación de las aguas subterráneas, déficit de disponibilidad, abatimiento del acuífero, entre otras cosas.

Este conjunto de evidencias suele perderse de vista a la hora de analizar la cuestión y más todavía por la enorme confusión ideológica y política que ha contaminado en los últimos años. La comprensión profunda de cómo y por qué se diseñan, se formulan y se instrumentan decisiones que son clave de la política pública.

Por otra parte, hoy existe una aceptación generalizada en el mundo en el sentido de que el agua es una cuestión de seguridad nacional y necesita otras políticas, entre ellas la reducción del consumo del agua y por consecuencia, de la extracción, el derroche y el desperdicio concomitantes que depende, entre otros factores, de que el agua suministrada a los usuarios tenga precios reales, y de que cambie la desproporcionada distribución del recurso entre el sector agropecuario y el resto de los sectores económicos.

Lo dijo hace muchos años una de las principales expertas internacionales en este tema, Sandra Postel, cuando vino precisamente Aguascalientes, dijo Sandra: Muchos de los problemas derivan de que la valoración que se hace del agua no se acercan ni someramente, a su auténtico valor. Fijar precios exageradamente bajos perpetúa la ilusión de abundancia y de que no se pierde nada por despilfarrarla Aguascalientes, pues no debe cometer el grave error de tomar decisiones improvisadas y pensadas solo para a la galería, a los partidos, o a los regidores, muchos de los cuales hay que decirlo, no tienen la mínima idea de la seriedad y de la gravedad de un problema que puede afectar el futuro del Estado.