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No dejemos de opinar

 19 nov 2021

Por: Martín Barberena

¿Por qué opinar? Me cuestiono un buen amigo recientemente si al final nadie los pela, me dijo, después de un buen sorbo de mezcal. Me aferré a la primera respuesta que me vino en mente. Sin grandes argumentos, el motivo principal es porque quiero puedo y en ocasiones siento el deber de hacerlo, o sea, se me pega la gana. 

Aunque pude haber sido más elocuente y respetuoso decirle, que la democracia se nutre de muchas voces y la prensa es el eje de la pluralidad y refleja si nuestra libertad, pero no. La realidad es que así lo quiero yo. Y ante la cruda contestación, la charla cambio de tema y de tono, no obstante, me dejan cierto mosqueo en el oído. Desde luego que habrá quienes supongan que sus opiniones o propuestas deban ser abrazadas por los gobernantes. Por regla general, lo que uno dice o escribe son opiniones laxas, ideas al aire, es decir, nos vamos a menudo por las ramas, salvo en casos muy concretos que afectan el núcleo personal y se cuenta con pruebas contundentes. Es común suponer entre opinólogos y editorialistas, que quienes gobiernan los leen o escuchan, y así los gobernantes se forjan un criterio para aplicar las políticas públicas. Eso es en teoría y puede ser, al menos eso era común antes de la aparición de las redes no convencionales en tiendas e Internet. Lo cierto es que el control mediático cada vez está más disperso en lo digital y menos en lo convencional. Por ahora son varios los Gobiernos en el plano internacional que enfrentan constantemente a los medios, a la prensa de modo frontal, incluyendo a López Obrador, quien a menudo los acusa de hampones y localmente el Gobernador Orozco, quien tiene que estar lidiando con golpes mediáticos que huelen más a extorsión que a información. No hay gobernante que escape del escrutinio público y así debe de ser en una democracia y según la pluralidad de las voces, el asunto se descompone cuando las mujeres u hombres de los medios lo que buscan es ocupar para ellos un cargo público y utilizan la pluma o la voz para ello, prostituyendo la noble labor del periodismo. No son pocos los reporteros que brincan a la escena pública dando tumbos en partidos políticos, abandonando su papel crítico para convertirse en sujeto crítico. Hay casos que sobresalen en la historia como Francisco Zarco, dada la calidad de las persona y de la pluma, pero en su mayoría se hunden en el mundo del incógnito. Política y periodismo, aún cuando cuentan con sus propias esferas de actuación, comparten un espacio mediático visible en el cual ambos juegan su propio juegos. Lo difícil de tener es cuando hay cambio de papeles o roles que sería una especie de desistimiento de la actividad o transfuguismo profesional. El periodismo puro tiene como tarea controlar o contener a los políticos abusivos y corruptos. Pero nunca convertirse en uno. Eso es lo extraño que pasa en una sociedad a falta de liderazgos; en los partidos políticos aprovechan del posicionamiento del medio para maniobrar y columpiarse con algunas figuras de radio, televisión o prensa. Como siempre, el caso paradigmático de este vedetismo es el Partido Verde que nada tiene de verde, nada ofrece como verde y es el principal protagonista de esta ficción política mediática. Aunque no es el único, ya casi todos los partidos políticos coquetean con algunas o algunos periodistas. Ahí tienen el caso de Lili Téllez, mucho ruido y pocas nueces. Para que me entiendan, los medios y los periodistas también tienen sus inclinaciones, gustos y preferencias, lo cual es perfectamente lógico y queda claro que, como son cada vez más parciales en sus dichos, lo cual no nos debe de sorprender. Lo que sí deberíamos de exigir como sociedad es que haya cada vez mayor número de periódicos ofreciendo más pluralidad, o sea, un mayor número de voces a favor o en contra de los gobernantes, pero siempre, siempre opinando.