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Crecimiento económico

 2 ago 2019

Por: Otto Granados

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Otto Granados



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Es un funcionario público, consultor, académico y diplomático mexicano. Ha desempeñado una extensa c ...



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Hasta ahora, la discusión del crecimiento económico, que como vimos esta semana, prácticamente se estancó, se ha concentrado esencialmente en la medidas de política pública, tomadas por la actual administración, y su impacto en los diferentes indicadores y el clima de inversión y de confianza que como es evidente, ha sufrido un severo deterioro.

Pero supongamos que de pronto apareciera como por arte de magia la sensatez, en profesionalismo y el rigor en las decisiones técnicas, ¿sería suficiente para superar las limitaciones estructurales que por décadas han mantenido en crecimiento de la economía nacional a niveles tan modestos? Probablemente no, y déjeme tratar de explicar por qué:

Hay evidencia que demuestra que un proceso competitivo de crecimiento económico sostenido, se funda sobre todo en los incrementos en la productividad y en los niveles de inversión que hace un país. Lo primero depende de la educación de alta calidad, el desarrollo de talento, la innovación, el emprendimiento y el progreso tecnológico, entre otras cosas. Lo segundo, de las oportunidades que el país ofrezca para invertir y la disponibilidad de recursos públicos y privados. Este es el sentido de las orientaciones fundamentales de política económica y de las reformas estructurales que se impulsaron en los últimos años, cuya pertinencia por lo visto, parece vigente.

Las ideas más recurrentes en este aspecto específico, parten de una hipótesis, la economía mexicana ha crecido a tasas por debajo de otras naciones de desarrollo medio, lo cual se acompaña y explica por una débil formación bruta de capital fijo, en comparación con las economías de tamaño y características más o menos parecidas.

En otras palabras, para ponerlo de manera más sencilla, si no hay más dinero, no se puede invertir más, y si no se invierte más, no se crece a gran velocidad. Hasta ahí, suena lógico, pero todo depende de la calidad de esta inversión, es decir, si va a parar a proyectos productivos o no.

Por ejemplo, un grupo de economistas encontró hace algunos años que en las últimas décadas, la inversión total en México había permanecido relativamente constante, pero su contribución al crecimiento había disminuido notablemente, entre 1960 y 1980, la inversión fue cercana al 20% del PIB, y el crecimiento promedio anual, gracias al ‘bum’ petrolero de finales de ese periodo, fue del 6 y medio por ciento. Entre 1980 y 2002, la inversión se mantuvo en niveles semejantes, o sea 20% del PIB, pero el crecimiento fue menor al 3%, y con datos más recientes, entre 2013 y 2017, anduvo por arriba del 22% y el crecimiento anual, sin embargo, fue tan solo 2 y medio por ciento, y en 2019, el año en el que estamos, el porcentaje de inversión anda también cerca del 22% del PIB, y el crecimiento, sin embargo, va a ser menor al 1%.

¿Por qué razón?

Las explicaciones pues pueden ser variadas, unos dicen que buena parte de ese financiamiento fue a parar a proyectos inservibles e ineficientes, y comprueba o demuestra que para aumentar la tasa de crecimiento no se puede contemplar únicamente un crecimiento en la inversión como instrumento, sino que tanto contribuye a la productividad del país, otros dicen que para elevar el potencial de crecimiento de la economía era y es necesario cambiar la estructura productiva y promover un nuevo patrón de especialización basado en actividades de mayor intensidad tecnológica y en capital humano, y algunos más ubicaron en la contracción del gasto público que hubo en los años 80’s y el nos 90’s, una afectación desproporcionada al gasto de capital y por ende al gasto de inversión en infraestructura que no fue compensado por un mayor gasto al sector privado.

En cualquier caso, y desde luego junto a una amplia batería de otras medidas, el punto central en la eficacia de la inversión es que ciertamente tenga un impacto positivo sobre el crecimiento, a nivel técnico este es el callejón de una discusión a la que por lo pronto no se le ve salida rápida y merece por tanto una reflexión más intensa y sofisticada que alimente una adecuada formulación de políticas públicas, dicho de otra forma, suponer que los recursos adicionales derivados, por ejemplo, de la compactación del sector público del ahorro presupuestal serán automáticamente funcionales para impulsar el crecimiento de la economía, pues va a depender de corrupción profunda que cambie tanto el diseño como la composición y el ejercicio del gasto público a todos los niveles y sectores.

Y a nivel político, en medio de un clima peligrosamente crispado, es urgente encontrar un espacio de convergencia entre el gobierno y sus opositores y críticos para definir cuales son, objetivamente, las mejores decisiones que es necesario adoptar en materia de inversión y crecimiento antes de que sea demasiado tarde y tengamos una economía rota.

 

Las ideas aquí expresadas pertenecen solo a su autor, binoticias.com las incluye en apoyo a la libertad de expresión