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Estado, monopolio de la violencia y justicia

 26 ago 2019

Por: Alan Santacruz

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Alan Santacruz



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Analista político y de medios de comunicación. Escritor en dramaturgia, narrativa corta, artículo d ...



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El Estado tiene, dentro de sus atribuciones y responsabilidades, conservar el monopolio para ejercer la violencia legítima. Esto quiere decir que el único posibilitado para poseer armamento, personal entrenado en materia táctica e infraestructura para ejercer la imposición física y simbólica del orden social, es sólo el estado, representado por el ejército, la marina, la fuerza aérea, las policías federales, estatales y municipales.

Sin embargo, desde que se declaró la llamada “Guerra contra el Narcotráfico”, durante el sexenio de Calderón, cundieron decenas de agrupaciones “civiles” de personas armadas, con la consigna de defender a sus comunidades contra la violencia del crimen organizado. Estas agrupaciones de autodefensa, y la propia existencia de cárteles mejor armados que las fuerzas del gobierno, vulneraron ese principio del monopolio de la violencia legítima.

Muchos de los grupos de autodefensa se corrompieron al ser infiltrados por el narco, o al servir de fachada para actividades ilícitas. Otros tantos quedaron en la ilegalidad al no constituirse en policías comunitarias, con marco jurídico y responsabilidad civil. Así, estos grupos (incluyendo los cárteles) han realizado otras actividades que debieran ser monopolio del estado, como la impartición de justicia o el cobro de impuestos y peajes. Todo al margen del pacto que nos une como nación.

Ante esto, el poder ejecutivo ha pretendido dos cosas: iniciar un diálogo con las autodefensas, de lo que luego se desdijo; y comenzar un periodo de pacificación que incluye procesos de amnistía a personas y grupos sentenciados o en proceso de sentencia por conductas ilegales.

Más allá de si esto es oportuno o no, la reflexión debería ir en el sentido de cómo se ha vulnerado y menoscabado el vigor del estado, cómo se ha puesto en riesgo su permanencia, y qué formas reales tenemos para resarcirlo, en términos de los principios de la cultura de paz. No hacerlo de este modo nos resultaría en acciones desbrujuladas que podrían ser un remedio peor que la enfermedad.

 

Las ideas aquí expresadas pertenecen solo a su autor, binoticias.com las incluye en apoyo a la libertad de expresión