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¿Quién nos cuidará de la policía?

 27 nov 2019

Por: Jesús Eduardo Martín Jáuregui

La semana pasada, al menos tres  policías participaron en un crimen artero, una familia de policías, con diferente grado de participación asesinaron a un hombre joven a quien pretendieron extorsionar. El cadáver fue sepultado en el pequeño jardín de su casa y probablemente el delito hubiera quedado sin castigo, de no mediar la colaboración de unos vecinos que con sus cámaras de seguridad grabaron escenas que condujeron a detener a algunos de los responsables. La información de que se dispone al momento permite reconstruir el modus operandi de esta banda de antisociales que en los ratos que les deja la delincuencia trabajan de policías, lo que les permite encubrirse y disimular su verdadera ocupación.

La hija, que había trabajado de policía y que encontró que la prostitución resultaba más entretenida y remunerativa, conjuntamente con su padre, policía actualmente al servicio de la corporación de La Chona, y la madre que trabaja en la policía municipal de aquí, de la capital,  idearon un negocio que les había resultado productivo, y que probablemente haya producido más víctimas mortales que no han sido descubiertas. La joven policía, a la que algunos describen como customizada con algunos aditamentos plásticos, tetas y nalgas, y alguna remodelación adicional, se dedicaba a engatusar incautos con su apariencia, para más de alguno, atractiva.

Ubicada la víctima, se tendía la red, que culminaba con la aparente seducción de la expolicía quien simulaba ser “conquistada” y se dejaba conducir a algún lugar en donde, finalmente se consumaría la seducción. Pero, hete aquí, que en el momento culminante la presunta seducida pedía auxilio alegando ser víctima de violación. Casual y convenientemente el padre con su uniforme policíaco llegaba oportunamente al auxilio y finalmente la “violada” aceptaba forzadamente una indemnización y el policía una compensación por el disimulo. Entretanto la mujer policía (la madre), desde su trabajo en el área de comunicación se aseguraba de que ningún moro se apareciere en la costa del trabajo de sus familiares.

Las noticias han dado cuenta de la que, ojalá, sea la última de sus fechorías. Las grabaciones de alguna cámara de seguridad permitieron identificar a los participantes, padre e hija, y a un vehículo que utilizaron para trasladar el cadáver de su víctima a sepultarlo en el pequeño jardín de su casa. El vehículo fue vendido dos o tres días después. El teléfono de la víctima se utilizó para enviar mensajes desde fuera del estado, enviando distractores que hacían suponer que seguía con vida pero alejado de la ciudad. Las grabaciones muestran a la joven expolicía hablando por teléfono fuera del sitio donde se perpetró el homicidio y luego calzándose unos guantes tipo cirujano, para volver a entrar al domicilio. Las llamadas desde fuera de la ciudad, la forma en que transportaron y dispusieron del cadáver, la rapidez con que llevaron a cabo el homicidio y luego borraron posibles huellas, la aparente tranquilidad con que la mujer hablaba por teléfono al parecer solicitando apoyo, permiten suponer que no solo la madre, (quien inexplicablemente sigue en libertad y trabajando en la policía, no obstante que es imposible aceptar que no hubiera conocido los hechos y el panteón clandestino en que se convirtió su casa), sino varios más participantes forman parte de esta banda delincuencial que se oculta en el lugar menos obvio: las propias corporaciones policíacas.

La cuestión no es, como alguien dijo, que por algún mal elemento se descalificase a los demás, sino que la podredumbre ha permeado de tal forma que, parece que son los menos los que no han sido contaminados por la corrupción y los vicios generalizados, pero, aunque me consta, la dedicación y esfuerzo del director de la corporación y la preocupación de los superiores particularmente en la policía municipal, las deficiencias, carencias y vicios, no dejan apreciar los aspectos positivos que, por lo que señalan las notas periodísticas se limitan a ayudar a cruzar la calle a un ancianito o ubicar la mamá perdida de un infante, o cosas por el estilo.

No es un caso aislado de violencia policíaca y probablemente se relacione también con los supuestos “vengadores”, que son medidas extremas que lo que logran finalmente, es incentivar el uso de la violencia excesiva, dar rienda suelta a instintos negativos o crueldades reprimidas, propiciar conductas represivas al margen de la violencia institucional, y provocar la espiral de respuesta violenta por parte de la delincuencia, sin que se logre abatir su incidencia, en tanto que se maquillan y disimulan los datos.

Tiene que ver con la conformación y con la falta de formación de los cuerpos policíacos que, aún cuando se anuncia pomposamente el trabajo de academia, la revisión de sus planes de estudio, de su personal, de su presupuesto y de la duración de los cursos, permiten concluir antes de que entren en servicio, que la embarrada de preparación apenas será suficiente para que se coloquen derecha la gorra y a veces ni eso.

Tiene que ver con la insuficiente supervisión y el precario apoyo sicológico que reciben los policías, para un trabajo que de por sí, representa un esfuerzo, un desgaste, una tensión, un estrés, que difícilmente puede soportarse a lo largo de una jornada de trabajo, por lo que es frecuente encontrar a los policías entretenidos, distraídos u ocupados en quehaceres que debieran hacer fuera de sus horas de servicio. Muchos de estos servidores públicos tienen también adicciones y dependencias que les ayudan a sobrellevar la carga pesada de su trabajo.

Tiene que ver con la falta de vocación policíaca y lo poco atractivo y poco respetable de la función que se ha convertido en un círculo vicioso, aunado al riesgo adicional que sufre la policía preventiva dedicada también a combatir al narco menudeo, área en la que prefiere sucumbir al disimulo y al estímulo disimulado que al riesgo infructuoso de perder su vida o la de sus seres queridos.

Tiene que ver con la exigencia de resultados desde el desconocimiento de la problemática real de la función y de las profundas causas de la indisciplina administrativa y de la delincuencia.

¿Cuántas muertes más al haber policíaco?

 

Las ideas aquí expresadas pertenecen solo a su autor, binoticias.com las incluye en apoyo a la libertad de expresión