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El buen gobernante

 22 may 2020

Por: Otto Granados

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Otto Granados



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Es un funcionario público, consultor, académico y diplomático mexicano. Ha desempeñado una extensa c ...



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En lo últimos dos o tres meses se ha producido un fenómeno, por lo menos curioso, que consiste en que un número cada vez mayor de comentaristas parecen estar haciendo el «mea culpa» porque argumentan que nunca se imaginaron la crisis económica y política a la que el gobierno federal actual ha llevado al país. De hecho, en una encuesta reciente el 73% de los mexicanos afirma que el país está hoy más desunido que hace un año o hace dos años.

Una de las explicaciones del caso, en el caso de algunos analistas, es que nuevamente han demostrado que por un lado son limitados para entender, para comprender las complejidades de la condición humana, y por ende de quienes gobiernan. Pero la otra es que gobernar muy bien o bien por lo menos, no se inventa de la noche a la mañana y no es como se ha dicho, una cosa fácil.

En los últimos tiempos parece claro que tanto la percepción como el cargo mismo no pasan por su mejor momento, los señalamientos críticos formulados y compartidos desde diversos sectores, y en muchos casos bien documentados por los medios, introducen, sin embargo, un dilema mucho más complejo que el simple cuestionamiento y despejarlo será crucial para saber si en el futuro los encargados del Ejecutivo federal agregarán valor al desarrollo y al bienestar del país o simplemente habrá que padecerlos como un mal necesario.

Destaca para empezar que el denominador común es muy preciso: falta de conocimiento de las políticas, mala información, ineficiencia e incompetencia. Aún así, a pesar de la situación actual, o más bien quizás por ello, es decisivo discutir de qué estamos hablando cuando nos referimos al buen gobierno. El oficio de gobernar, con verdadera eficacia y profesionalismo, depende a mi juicio de tres componentes: contar con una visión estratégica y de largo plazo, tener capacidad ejecutiva y disponer de una férrea voluntad política e institucional.

Por razones diversas, hoy los gobernantes han cobrado un mayor protagonismo y visibilidad, los países a su vez son ahora más complejos porque viven en un contexto nacional, ciertamente, pero al mismo tiempo global, por ende, es indispensable saber en qué dirección soplan los vientos del desarrollo, cuáles son las variables que van a determinar ganadores y perdedores, cómo se van a insertar en el mundo que se está configurando a partir de ciudadanías más exigentes, o de las nuevas tecnologías que han modificado la manera en la que interactúa la sociedad con sus autoridades, entre otras cosas.

Entender todo esto es determinante para articular un gobierno que haga las cosas con tal calidad que apunte en el mediano o largo plazo alcanzar niveles de desarrollo, pongamos, no como Suecia, o como Estados Unidos, o como Canadá, sino ya con que lleguemos al nivel de España, de Portugal, o de Irlanda; es decir, países con los que podamos relativamente compararnos, ya estaríamos satisfechos. Pero todo ello demanda una visión y esta no se adquiere por iluminación, sino por preparación, el estudio, la reflexión, el diálogo con gente más inteligente que uno; en suma, buenos gobernantes necesitan una visión estratégica y un horizonte largo.

El segundo asunto es la capacidad ejecutiva, la burocracia en todas partes del mundo es lenta, reactiva y repetitiva, hace siempre lo mismo esperando resultados diferentes, por consecuencia, los buenos gobiernos modernos, saben ejecutar, son rápidos, comprenden lo que se llama el entregable, las cosas concretas y los bienes públicos específicos que les llevaran a los ciudadanos bajo la forma de educación de gran calidad, seguridad pública o servicios de alta eficiencia.

Todo ello necesita un enfoque estratégico, una planeación creativa que permita integrar el pensamiento en todas las acciones y ofrecer oportunidades para todos, los de arriba, los de en medio y los de abajo, y no solo para una clientela electoral. Además supone manejar rigurosa y eficientemente el presupuesto, explorar asociaciones privadas para proveer bienes públicos, introducir rendición de cuentas acerca de las inversiones que se hacen y usar intensamente la tecnología.

Y la última condición a mi juicio, es construir una visión de estado, reunir a un equipo de muy alto desempeño, es decir, aquel tipo de funcionario que podría ser contratado en cualquier otra parte, crear una cultura de rendición de cuentas y ganar el apoyo de la sociedad y sus diversos componentes. En síntesis, todo lo que no hemos visto en estos últimos dos años.

¿Gobernar para qué?, entonces es la pregunta. Pues para algo muy simple: para hacer que el país crezca, para que haya más bienestar y para que la gente viva mejor, y nada más para eso.

 

Las ideas aquí expresadas pertenecen solo a su autor, binoticias.com las incluye en apoyo a la libertad de expresión

 



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