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Niñas y niños de Dios ¡Venga la fiesta!

 22 oct 2020

Por: Enrique Gómez Orozco

Los hijos de Dios homosexuales ya no sólo tienen un lugar en el Cielo católico. El Papa Francisco, en un acto extraordinario de amor, cambia la enseñanza teológica de veinte siglos para darles un lugar en la tierra. 

El cambio radical en la postura de la Iglesia abre al mundo de la normalidad y la humanidad el lugar que les había quitado la Iglesia. Es un bálsamo para el espíritu, un piso firme y sólido de amor, soportado por la valentía de un Papa que llegó para cambiar el mundo. 

Francisco sabe que dentro de la propia curia romana, tras la muralla del Vaticano, predomina la homosexualidad. Esos hombres que buscaron refugio en el silencio de los templos y cobijo en el celibato encuentran por primera ocasión el respeto a su humanidad. Ellos y millones más que antes tenían como obligación confesar su naturaleza como un pecado, una desviación, o peor aún, una perversión. 

Nunca más. 

Jorge Bergoglio reconoce la homosexualidad como parte de la naturaleza humana. Mujeres y hombres que deben ser respetados en sus derechos civiles para tener un techo común y formar familias como todos. Sabemos que el reconocimiento civil de la Iglesia a uniones entre personas del mismo sexo enfrentará una lucha larga con los conservadores. Esos que quieren ser más papistas que Francisco. 

El siguiente paso —que hoy nos parece demasiado osado pero sucederá con el tiempo— es el reconocimiento religioso de la unión católica en matrimonios gay. Porque, si reconocemos que en la comunidad LGTB habitan por igual los “Hijos de Dios”, por qué se les debe limitar el acceso al sacramento del matrimonio, único que es celebrado por los contrayentes como ministros de su amor. 

El tema incendia la opinión pública mundial. Este siglo es el de la emancipación plena de la mujer y los plenos derechos civiles de la comunidad LGTB. Su derecho a vivir sin miedo al escarnio, a la discriminación y a tener igualdad de oportunidades, ingresos y respeto social. 

Si volteamos a ver el mundo del Islam, observamos su retraso en la historia. El mundo de libertad y la sabiduría que hoy muestra el Papa Francisco, están a años luz de distancia de la moral de muchos países donde apedrean, encarcelan y condenan a muerte a quienes, siendo hijos de una misma divinidad, nacen con una orientación sexual distinta. 

Aquí, en el Bajío, las leyes de los congresos panistas, impiden el matrimonio de personas del mismo sexo. Nuestros “conservadores” van tan despacio en los cambios que ahora tendrán serios problemas para interpretar la luz moral del Vaticano. Ha llegado el momento en que los grupos y colectivos LGTB alcen la voz y exijan sus derechos. Cuentan con la palabra del representante de Dios en la tierra según la teología católica. 

Los jesuitas brillan por dos cosas: su inmensa cultura y su amor por la justicia y la libertad. El Papa Francisco, tiene la virtud máxima de su orden: la humanidad profunda de quien iguala el amor al prójimo con la presencia de Dios en su espíritu. 

Sin eso no hay profesión de fe que valga. Jorge Bergoglio hoy sale en defensa de quienes en otra época fueron agraviados, vejados y escondidos hasta por sus propias familias. 

Viva la luz de las palabras del Papa, viva el día en que expresó el reconocimiento y el respeto a quienes viven encerrados en su cuerpo por ignorancia y prejuicios. Venga el vino y la música; todos a bailar en la armonía de la diversidad.

 

Las ideas aquí expresadas pertenecen solo a su autor, binoticias.com las incluye en apoyo a la libertad de expresión

 



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