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 23 nov 2020

Por: Jesús Eduardo Martín Jáuregui

A punto de salir de la prepa e inflamado de fervor patrio fui a registrarme en la oficina de reclutamiento del Servicio Militar Nacional en la Presidencia municipal, a cargo de un servidor público muy antiguo y muy ameritado: el señor Mercado. En la fecha prevista me presenté al sorteo que se realizó cerca del cuartel en la Alameda. Un oficial indicó: levanten la mano los que sepan leer y escribir. A los que levantamos la mano nos dijo pasen para acá. Luego preguntó quiénes habían terminado la primaria y nos separó. Después quiénes terminaron la secundaria y finalmente los que estuvieran estudiando el bachillerato. Sólo quedamos un puñado. Nos dijeron: ustedes van a ser oficiales pásenle con el general. El general Cepeda era un viejo gordo, rollizo, con una papada extragrande, colorado y que respiraba con dificultad. Para acabarla de amolar no hablaba: farfullaba. Me dijo algo. No le entendí. Me disculpé. Me volvió a decir algo. Otra vez no le entendí. Me lo repitió, imposible entenderle. Entonces con todas sus letras y perfectamente claro, me mentó la madre. Hasta allí llegó mi fervor patrio e inicié mi carrera de desertor.

Tengo una cartilla militar, dice que di mi servicio en la comunidad de los Caños. No alfabeticé. Ni fui alfabetizado.

Desde entonces he procurado guardar la sana distancia con la milicia, por más que tengo algunos buenos amigos militares. Estoy convencido que en esa materia la mejor lección me la dio el “caico”, un sargento retirado que nos daba instrucción militar en el Colegio Portugal: tomar y conservar la distancia. Como con los curas, entre los que tengo también buenos amigos: escucharles su misa y dejarles en paz.

A veces me siento y pienso, y a veces nomás me siento, pero frecuentemente dejo soñar la imaginación. Imagine Ud. amable escucha que el Rey de México, ya sé que no hay rey, pero estamos soñando, le dijera: tendrá a su disposición todos los jóvenes del reino durante un año. Usted los podrá preparar en lo que quiera: educación, arte, deportes, entrenamiento militar, capacitación electoral, primeros auxilios, servicios médicos auxiliares, protección civil. Estarán totalmente a su disposición. ¡Qué maravilla!

En 1940 impulsada por el general Manuel Ávila Camacho se creó la Ley del Servicio Militar Nacional. Dos años después empezó a prestarse el servicio.

En 80 años el servicio militar no ha servido ni para alfabetizar a los adultos. Ahí tantéele como estará lo demás.

 

Las ideas aquí expresadas pertenecen solo a su autor, binoticias.com las incluye en apoyo a la libertad de expresión

 



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