1984

Agustín Morales

Agustín Morales

No voy a escribir aquí nada ni sobre la novela de Orwell, la sociedad  orwelliana, el Gran Hermano, ni la famosa y tenebrosa Habitación 101, sino casi literalmente del año de 1989, el año donde, según se mire, las cosas terminaron o comenzaron de nueva cuenta.

Vamos al mes de mayo de aquel año, del que transcurrieron ya largos 41 años.

El 30 de ese mes un eclipse de sol atravesó el país. Si mi memoria no me falla, algo pude ver del anillo solar en la casa de los abuelos, en la calle de Grecia, y luego en un charco en la calle Madero, justo donde estuvo tantos años la desaparecida Librería de Cristal y la oficina de Telmex. Un recuerdo más, si más significación que la de la anécdota –a mí nunca me han interesado esos fenómenos que vemos de vez en vez. Más significativo fue, esa misma tarde, que corriera como reguero la noticia del asesinato del periodista Manuel Buendía.

Gobernaba este país aquel PRI que parecía monolítico; faltaban un año y poco para aquel terremoto en el que, dicen, le salieron las grietas al sistema que hoy se está restaurando; los Estados Unidos eran gobernados por Reagan, quien buscaba –y obtuvo– la reelección sobre Modale; existía la URSS y la gobernaba Gromiko y nadie se imaginaba que, tras su muerte en marzo del 85, llegaría al poder Gorbachov, con sus reformas, y que, mucho menos, el gigante euroasiático estaba ya herido de muerte.

En nuestras radios, teníamos 18, 19 años, sonaban, en cintas contenidas en casetes ‘metálicos’, Queen y su ‘I want to be free’, Darryl Hall y John Oates con su ‘Out of touch’ y la voz penetrante y poderosa de Steve Perry con su ‘Oh Sherry’... Era año olímpico y Moscú anunciaba un boicot contra los Juegos, en represalia al boicot previo de su Olimpiada del 80, promovida por los Estados Unidos, a causa de la fallida invasión soviética de Afganistán.

Sendero Luminoso, Las Malvinas, sandinistas, Indira Gandhi, Yugoslavia, Svetlana Savitskaja, Alfonsín, Pinochet y las penumbras de la historia.

Nosotros preparábamos nuestra graduación de bachilleres. Entre exámenes y fiestas planeábamos el futuro, uno que cada quien, supongo, imaginaba radiante; algunos habían cumplido las exigencias y las pruebas de admisión para irse al Tec a Monterrey; otros, los menos, entre los que me contaba, el proceso, más laxo, para ir a alguna universidad en Guadalajara; alguno que otro iría a la capital, o regresaría a su ciudad de origen; los más habían aprobado el examen para ingresar, todos en agosto de ese año, a la UAA.

Debo decir que yo egresé en esa generación, pero que no era a la que ingresé; por eso el grupo que incluye al puñado que realizaron los 12 años que van de la primaria al bachillerato, se fue engrosando con los que hicieron una parte de la instrucción con esa peña, donde están también los que cambiaron de colegio o los que, por cualquier causa, desertaron, se mudaron o no completaron el ciclo por cualquier causa plausible.

Los convocados, pues, éramos algo así como un centenar, de los que medio centenar acudimos a la cita, el pasado sábado, convocados por Daniel Padilla, que junto con Rubén Muñoz Flores fue uno de los presidentes de la generación, y Roberto Cetto.

Mis obligaciones sabatinas me impiden –y me dan coartada– largas comilonas, así que fui gustoso, pero sabiendo que aquello no podía prolongarse más de dos o tres horas; allí estaban amigos de aquellos años, muchos con los que no conviví en las aulas, viejos conocidos que nunca fueron mis compañeros y, debo admitirlo, un par de personas con las que nunca coincidí y cuyos rostros no se corresponden con ningún nombre conocido.

Salvo esos dos o tres desconocidos, todos eran rostros familiares. Cercanos y entrañables unos, las charlas se corresponden justo a los de una reunión de sesentones, donde las anécdotas y el ‘¿te acuerdas de aquella vez en que…?’, se alternan con el relato de la operación de vesícula, las burlas a la alopecia de alguno, o el recuerdo de ese par que ya no están entre nosotros.

Daniel, Napo, Fermín, David, Francisco, Roberto, Felipe, Óscar mi primo, Gerardo, Chuyín, Chepe, Sergio, Lalo, Rafa, Carlos, Ernesto, Rubén y Rubén, Ernesto, Felipe, Cosme, Néstor, Ramses, Tony, Jorge ‘el Compadrito’, Juan Pablo... Imposible nombrarles a todos: los que asistieron,  a los que están y a los que ya no (Fede, el Chino, Pironi); a algunos les veo de vez en vez, a otros solamente en estos encuentros –a los que asisto de vez en cuando–. En esas tardes el pasado viene a nuestro encuentro y es nostalgia y es espejo. En algún momento fugaz todos estábamos en el vestíbulo del colegio despidiéndonos –con atroz música de mariachi de fondo– y volvimos a tener 18 y la vida por delante.

Abur.

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