En Venezuela no hay transición, hay resistencia

Nadine Cortés

Y el pueblo venezolano, otra vez, queda atrapado en una escena que se decide arriba, se negocia afuera y se padece abajo

Nadine Cortés

La imagen es potente: Nicolás Maduro fuera del tablero, y Delcy Rodríguez jurando como presidenta interina bajo un discurso que oscila entre la épica herida y la diplomacia forzada. No hay vacío de poder. Hay relevo táctico. Y eso cambia por completo la lectura de lo que está pasando en Venezuela.

Porque lo que vimos en la toma de protesta de Delcy no fue el inicio de una nueva etapa. Fue el intento de contención de un sistema que se resiste a colapsar.

Delcy no se presentó como líder de transición democrática. Se presentó como custodia de un proyecto herido. Como guardiana de una narrativa: el poder no se perdió, se “reorganiza”; el liderazgo no cae, se “defiende”; el sistema no se rompe, se “protege”. Es el guion clásico del chavismo: convertir el cambio en agravio y el agravio en legitimidad.

Su mensaje fue doble, y eso es clave entenderlo. Hacia dentro, habló de soberanía, de dignidad, de unidad nacional frente a la agresión externa. Hacia fuera, suavizó el tono, abrió la puerta a la cooperación, habló de respeto mutuo, incluso de diálogo con Washington. No es contradicción. Es cálculo. Delcy está haciendo lo que siempre ha hecho: operar en dos carriles al mismo tiempo.

Y aquí es importante decirlo con claridad: esto no es transición. Esto es administración de daños.

La narrativa que construye no busca abrir el sistema, busca evitar que se fracture. No busca redistribuir poder, busca conservarlo. No busca reconciliar, busca contener. Por eso el énfasis no está en reformas, ni en elecciones, ni en apertura institucional. Está en el orden, en la estabilidad, en el control del relato.
Delcy no está hablando como quien inaugura un nuevo ciclo. Está hablando como quien intenta que el viejo no se desmorone.

Por eso su discurso no es jurídico, es simbólico. No entra al fondo de los procesos, entra al terreno de la épica. No argumenta, encuadra. No explica, reinterpreta. Y eso tiene una función política muy clara: mantener cohesionada a la base chavista en un momento de máxima vulnerabilidad.

Frente a ella, la presión externa es evidente. Las señales desde Washington son duras, directas, sin ambigüedad. No hay cortesía diplomática, hay condiciones. No hay sugerencias, hay expectativas. Y en ese tablero, Delcy no negocia desde la fuerza. Negocia desde la necesidad.
No estamos viendo una mesa de transición. Estamos viendo un pulso de poder.

La escena, si se mira con frialdad, no es ideológica. Es estructural. De un lado, un régimen que intenta sobrevivir. Del otro, una potencia que impone términos. En medio, un país entero.

Y mientras esto ocurre, hay un actor ausente que pesa más por su silencio que por su voz: la oposición venezolana. No protagoniza. No define. No decide. Observa. El régimen se reorganiza, los actores externos intervienen, y la oposición queda, una vez más, como espectadora de su propio país. Eso es devastador, porque consolida la idea de que el destino de Venezuela se juega entre élites de poder, no entre ciudadanos.

Delcy Rodríguez no representa una transición democrática. Representa un paréntesis operativo. Su tarea no es reformar, es ganar tiempo. No es abrir el sistema, es evitar que se desmorone. No es reconciliar, es administrar tensiones.
Su toma de protesta no es el inicio de algo nuevo. Es el intento de que nada se rompa demasiado rápido.

Y ahí está el punto central de esta historia: confundir contención con transición es el error político más grave que se puede cometer en este momento. Porque la contención estabiliza, pero no transforma. Sostiene, pero no cambia. Administra, pero no resuelve.

Delcy juró como presidenta en medio del estruendo. No de aplausos, sino de fuerzas que no controla. Su discurso fue una coreografía precisa entre la dignidad herida y la supervivencia política. Entre la soberanía declamada y la fragilidad real.
Y el pueblo venezolano, otra vez, queda atrapado en una escena que se decide arriba, se negocia afuera y se padece abajo.

Eso no es transición.
Eso es contención.
Y hay que llamarlo por su nombre.

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