La tumba de Pulgarcito
Daltón, por cierto, no tiene una tumba: sus restos y los de su compañero ‘Pancho’ (José Armando Arteaga, también ejecutado), fueron dejados a las afueras de San Salvador
Despertando de esa larga pesadilla que es enero, me siento ante el ordenador y me sorprendo a mí mismo sin casi nada que contar; digamos que he pasado el mes entero en modo de sobrevivencia: aterido, pasmado (según el sacrosanto DRAE), casi en modo de hibernación; leyendo que no sé qué reloj biológico produce este atolondramiento del alma.
Estas suelen ser temporadas de lo elemental. Apenas salgo de casa para lo más básico: a la radio, de ida y vuelta, tres veces por semana; a media mañana, también de ida y regreso, a hacer algo de ejercicio para no quedar entumecido; una vez por semana, a por los víveres indispensables para que la llegada de mejores días no me encuentre momificado en mi sillón de leer, con un cigarrillo apagado entre los dedos ya rígidos, como los de la tumba de Gardel.
No sé qué día reciente me aventuro a la calle. Fue uno de esos días de los llamados de perros de hace un par de semanas. Caía un sirimiri (una de esas lluvias calabobos o arrincona perezosos, que les dicen), pertinaz. Como llegué temprano al rumbo de la radio, no se me ocurrió mejor cosa que alzarme las solapas del impermeable (que no lo era tanto) y salir a andar por las calles del centro.
Primero fui con el rumbo de donde estaban antes los Telégrafos, donde ahora está la librería ‘Dolores Castro’ del Fondo, y que a esas horas, no pasaban de las siete, estaba ya a oscuras; de regreso pasé frente al Teatro Morelos, donde había una gala de no sé qué cosa (sí sé, pero mejor no digo), donde hombres entacuchados y mujeres encopetadas, oficiaban de lambiscones y ensayaban caravanas. Yo, como aquel siniestro poeta, pasé por enfrente como un “pájaro torvo que vuela cabizbajo”. No fuera que alguien me reconociera.
De allí me fui a comprar café en grano y luego, por si las dudas, a la pequeña librería de Educal, sita en la calle de Allende. Bajo las cornisas, a ratos, bajo la llovizna, cuando no me quedaba de otra, caminé aquella calle que fue de mi infancia y ahora es mitad garnachería, mitad bazar chino, para ver, con alivio que esa librería sí estaba abierta.
Apenas un par de días antes, en otra librería me hice de algunas reservas para acabar de sobrevivir el invierno: algo de John Fosse, una pequeña joya de cuentos de Carver (‘Si me necesitas…’), un mamotreto de Peter Watson –que debe durarme hasta el invierno del 2020– y alguna cosa más, a saber las memorias de José Luis Leal –de partisano al Mayo Francés y de allí al gabinete de Adolfo Suárez. Como sea, aunque no es que regalen los libros, o eso pensaba yo, nunca están de más, sobre todo ahora que me voy volviendo cada vez más huraño.
Se aproximaba la hora de llegar a prepararme para el programa –y acicalarme: estaba empapado–, pero alcancé a ver un libro de viajes de Unamuno, que nomás de hojear me tiene deprimido (‘El viaje interior’), y que adquirí por si en algún evento apocalíptico me animo a leerlo, y de paso releer a Mishima, que me produce el mismo efecto. Pagué y me iba a retirar, cuando el señor de la caja me indicó una serie de libros, todos con el sello del FCE, y me dijo que eran de regalo y que podía tomar el que me apeteciera.
No había nada que me llamara especialmente la atención, ni regalado –más por obra de mi ignorancia que por la calidad de esos libros–, hasta que saltó a mi vista un libro de Roque Daltón: ‘Las historia prohibidas de Pulgarcito’; Pulgarcito por aquello que dijo la Mistral sobre El Salvador, que era ‘el Pulgarcito de América’, ahora bajo la demencial conducción del iluminado Bukele.
Como para llegar aquí agoté el espacio, ya no les puedo contar mucho de lo divertido que es el libro; dicen que la Poniatowska dijo de Daltón, que era tan simpático que podía hacer reir a las piedras; tampoco de cómo los maoístas y cheguevaristas del ERP salvadoreño, luego integrado al Farabundo Martí, decidieron asesinarlo por tener pensamiento propio y, vean ustedes qué descaro, pretender usarlo. Menos de cómo fue nuestro Zaid, hasta donde entiendo, quien denunció que el poeta revolucionario había sido asesinado por los suyos que, para tener así un mártir, pretendieron que su ejecución era obra de la ultraderecha –que por lo demás era perfectamente capaz de tales barbaridades.
Daltón, por cierto, no tiene una tumba: sus restos y los de su compañero ‘Pancho’ (José Armando Arteaga, también ejecutado), fueron dejados a las afueras de San Salvador y, dicen los cronistas menos jubilosos que el poeta, devorados por animales salvajes.
Abur.
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