Los errores de juventud

Agustín Morales

Ya nadie recuerda quién fue Arbenz, quién Sandino, qué fue del Frente Farabundo Martí

Agustín Morales

Lo recordaba el otro día, al aire.

El primero de enero de 1990, en La Habana, la calle era un –aparente– jolgorio. Los ocho kilómetros del Malecón, hasta el Castillo del Morro (el de ‘Los tres reyes’’; unos cuatro años después conocería el de ‘San Felipe’, en San Juán de Puerto Rico), estaban ocupados por una procesión. Los cubanos celebraban, que es un decir, 31 años del triunfo de Fidel y sus barbudos’; agitaban banderitas de papel y se pasaban de mano en mano pequeños impresos: papel corriente, amarillento, y tinta roja: “Patria o muerte”.

Ese año, nos explicaron unos que dejaron el desfile, no había ni tanques, ni blindados, ni nada que se moviera con gasolina; la URSS se caía a pedazos y se había terminado el suministro petrolero; ya se sabe: Krushov y Castro habían pactado tres décadas antes: azúcar por petróleo y eso había desencadenado el embargo. Sin combustibles, ahora tocaba caminar bajo el sol, ardiente en esa ciudad en pleno primero de enero, al Morro, donde les darían la monserga de siempre (“hasta la victoria…”), para luego regalarles con un concierto de no recuerdo qué trovador afincado en Miami.

A alguno, que nos contó que más que obligados estaban allí por puro aburrimiento, se le salió que para eso prefería a Juan Luis Guerra, o  los Tigres del Norte, que escuchaba en un radio viejo de onda corta que captaba no sé qué estación de Monterrey.

Hablar de esa retórica de la Guerra Fría es ya una antigualla: ya nadie recuerda quién fue Arbenz, quién Sandino, qué fue del Frente Farabundo Martí; para ir más lejos ya muy pocos, y muy viejos, recordarán los ardores del zapatismo, del de EZLN, claro –del otro, del de Iguala ya no queda vivo que se acuerde.

Yo no sé si caerá Cuba, aunque sé que las aerolíneas anuncian que dejan de volar, pues no hay en los aeropuertos cubanos combustible para repostar, como sé que hay un sobrino nieto de los Castro, nieto de Aurora Castro Ruz, un Óscar Pérez-Oliva Fraga (vaya apellido Gallego, por cierto), que muchos mencionan para ser para Miguel Díaz Canel lo que Delcy Rodríguez fue para Nicolás Maduro.

Como sea todo este debate parece apelar al rancio abolengo de cuando existían las izquierdas, la crítica de la cultura y el poder; quienes se digan herederos de esas izquierdas (Fox se llegó a  declarar heredero legítimo del 68, lo que nos habla de su fragilidad mental), me suenan a los que se dicen nostálgicos de los tiempos del honor, a la manera de la famosa ‘Conjura de los necios’ (la de John Kennedy, el bueno).

Cuento esto porque sigo la pista de Daltón (“Y conocimos la maldad secreta/ de bostezar en misa y jubileo…”), su presunta muerte en manos de la ultraderecha salvadoreña y la manera en que nuestro Zaid –con perdón de nuestro Zaid, que suele ser tan de nadie–, desmontó el relato para descubrir que había sido ajusticiado por los suyos, por órdenes de los fanáticos guevaristas y maoístas del ERP salvadoreño, cuyos rostros visibles son ‘Atilio’, Joaquín Villalobos y ‘el Vaquerito’, Vladimir Rogel, señalado como el autor material de los disparos contra el poeta. Y de las patadas previas, que propinaba a Daltón mientras lo acusaba de ser un ‘cobarde’ y, peor, un ‘intelectual’.

¿Quiénes son los herederos de estos prohombres? ¿AMLO, Fernández Ene, Imaz? Algunos dicen que Pablo Gómez, que se afana ahora en devolvernos a los tiempos de la ‘Posdata’ y ‘El Ogro’ de Paz. No lo son: sanseacabó: esto es otra cosa. 

El hijo de Roque Daltón, Juan José, ya periodista, llegó a entrevistar, dos décadas después, al ‘comandante Atilio’, quien se disculpó, faltaba más, y dijo que aquello había sido un ‘error de juventud’; Juan José Daltón no aceptó las disculpas. Faltaba menos.

Villalobos, que por allí anda, tan tranquilo, se convirtió en crítico de la izquierda, en un demócrata de cepa y hasta fundó un partido muy modosito y moderado, ya extinto; de vez en cuando escribe sesudos artículos para el diario español El País. Total que para eso existen las coartadas, muy socorrida aquella de ser joven e inmaduro.

Abur.

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