250 años de Estados Unidos
Ha desarrollado un imperio basado en la economía y en la milicia, y ha moldeado la cultura occidental con los contenidos de sus medios de comunicación.
Estados Unidos cumple 250 años como Estado Nación. Su origen histórico proviene del modo imperialista de la Gran Bretaña, basado en el colonialismo, la rapiña de los territorios y los recursos, así como en el exterminio y el desplazamiento de las poblaciones originarias, además de la supremacía racial. Esa impronta prevaleció en la forma en la que Estados Unidos construyó su relación con el mundo.
También; a la par de la vocación imperialista, Estados Unidos también construyó sólidas bases institucionales para para anular la monarquía y asegurar la democracia y la división de poderes; y, en su historia, también hay una fuerte lucha por las libertades y los derechos civiles emprendida por los diversos grupos minoritarios o vulnerados que también forman parte de ese país. Tras 250 años de historia, podemos ver que estos dos pilares: el imperialismo capitalista y la democracia, son incompatibles.
Estados Unidos, en 250 años de historia, ha invadido países, iniciado guerras, detonado bombas nucleares, derrocado gobiernos en naciones no aliadas, e impuesto presidentes en países para absorberlos en su dinámica de dominación. Ha desarrollado un imperio basado en la economía y en la milicia, y ha moldeado la cultura occidental con los contenidos de sus medios de comunicación.
Sin embargo, este modelo no puede ser eterno. La incompatibilidad entre el capitalismo rapaz y los valores democráticos produce un conflicto que carcome las bases mismas de la institucionalidad que le dio cimiento al poderío norteamericano. De este modo, la población general se ha depauperado económicamente y polarizado ideológicamente; mientras su clase política y su alta burguesía se han enriquecido de manera obscena, beneficiándose por estar cerca del poder público.
De este modo, Estados Unidos llega a sus 250 años con tensiones internas propias de un país en las vísperas de la guerra civil; y con una relación global en la que pierde autoridad, erosiona su legitimidad, y -gradualmente- su propia incompetencia abre el camino a que otras potencias -sobre todo de oriente- ocupen el lugar que Norteamérica está dejando vacío.
Las frases en los discursos del 4 de julio de 2026, y los fuegos artificiales que Estados Unidos habrá de lucir en el aniversario 250 de su independencia implican un recuerdo memorable; sobre todo, porque cifran el inicio del fin del imperio. Son el “Canto del Cisne” no sólo de una potencia, sino de una era. Resta ver las tendencias para intentar entender cómo será la nueva etapa a la que -como planeta- nos habremos de enfrentar.
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