¡Ay de ustedes, escribas y fariseos!
La autoridad moral no nace de la consigna, sino de la coherencia entre lo que se dice, lo que se pide y lo que se está dispuesto a perder.
Hay un pasaje incómodo para cualquier poder que se asuma moralmente superior: el momento en que se denuncia no la norma que se enuncia, sino el uso que se hace de ella. Exigir al pueblo sacrificios que no se está dispuesto a cargar; convertir la virtud en espectáculo; reservarse privilegios mientras se predica sobriedad. No es un relato religioso: es una radiografía del poder cuando se viste de rectitud.
“No mentir, no robar, no traicionar al pueblo.”
La consigna se repite como si bastara pronunciarla para quedar del lado correcto de la historia. El problema no es la frase. El problema es la brecha entre lo que se exige y lo que se hace cuando se gobierna.
Se exige austeridad. Pero el poder se acostumbra a la alfombra. La escena del alto funcionario al que le limpian los zapatos antes de un acto no es un chisme: es un símbolo. ¿Cómo pedirle al pueblo que se apriete el cinturón cuando el cargo viene acompañado de servidumbre? Austeridad para la gente; excepción para el poder.
Se exige que el campo “se modernice”. Pero cuando los productores de maíz levantaron la voz, no fueron escuchados. Se les habló de futuro mientras las decisiones se tomaban sin ellos. Para unos, la asamblea pública; para otros, la mesa chica donde se reparten accesos. Humanismo en el discurso; selectividad en la práctica.
Se exige respeto a los derechos. Pero el acceso al agua se volvió privilegio. Para comunidades enteras: tandeos, pipas, escasez. Para proyectos cercanos al poder: concesiones, certidumbre, permisos. Llamar “derecho” a un esquema que reparte acceso según cercanía al poder vacía la palabra de su contenido. El derecho se enuncia; el privilegio se administra.
Se exige paciencia al pueblo. No se exige renuncia al poder. Se pide aguantar los costos del “cambio” a quienes viven la intemperie de las decisiones; no se pide asumir el costo a quienes deciden. El sacrificio baja; la indulgencia sube.
Se exige lealtad. Y se llama traición a la crítica. Se pide unidad, pero se condiciona a la obediencia. Se demanda confianza, pero se entrega verdad parcial. Cuando la moral deja de ser límite del poder y se vuelve herramienta del poder, la palabra se desgasta.
Este es el patrón: mandatos hacia abajo, excepciones hacia arriba.
Consignas para el pueblo; comodidades para el poder.
Virtud como discurso; privilegio como práctica.
“No mentir, no robar, no traicionar al pueblo” solo tiene sentido si opera primero como límite propio antes de imponerse como mandato ajeno. La autoridad moral no nace de la consigna, sino de la coherencia entre lo que se dice, lo que se pide y lo que se está dispuesto a perder.
Los fariseos no cayeron por la ley que citaban, sino por la distancia entre lo que exigían y lo que estaban dispuestos a vivir. El poder que predica una cosa y practica otra se exhibe solo. Y cuando el pueblo ve la grieta, la fe en el discurso se rompe.
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