Independientemente de si somos o no creyentes, las instituciones religiosas deben estar sujetas al interés público cuando su actividad impacta en la ley, la cultura, la economía, o la política de la sociedad. Así, la Iglesia Católica, Apostólica, y Romana, durante unos mil setecientos años, ha acumulado millones de fieles, se ha expandido por casi todo el mundo, ha operado con amplísimo poder político y económico, y ha regulado mucha parte de la cultura global. Por ello, hay eventos de esa institución que impactan al colectivo, incluso a quienes no profesan esa creencia.
La Iglesia Católica Apostólica y Romana tiene su liderazgo mundial en la figura del Papa, quien es -al mismo tiempo- obispo de Roma, Jefe del Estado Vaticano, y máxima autoridad de su iglesia. La figura del Papa ha tenido graves implicaciones políticas: sus posturas han otorgado y quitado legitimidad a reyes y gobernantes; y sus discursos se han utilizado para las plataformas ideológicas de la población laica. Por ello, la figura del Papa debe analizarse desde perspectivas públicas, seamos creyentes o no. En ese sentido, la figura del Papa ha provocado que su iglesia haya tenido tres cismas importantes. Un Cisma Eclesiástico es la separación de una comunidad dentro de la iglesia, por desacuerdos con las prácticas mundanas de esa iglesia y por el ejercicio de la autoridad papal.
Estos tres cismas han sido: primero, el Cisma de Oriente, en el Siglo XI, cuando la Iglesia Católica de Roma sufrió la separación de las Iglesias Ortodoxas Orientales. Esto derivó en que los católicos obedecen al Papa de Roma, y los ortodoxos al Patriarca de Constantinopla; aunque ambos profesan la misma religión, con diferencias litúrgicas.
Segundo; el Cisma de Occidente, en los siglos XIV y XV, cuando se disputó el papado entre italianos y franceses, y la sede de la iglesia se cambió de Roma a Francia, en Aviñón. Ante la disputa, Inglaterra y Alemania apoyaron al Papa de Roma, mientras que Francia, España y Escocia apoyaron al Papa de Aviñón. Todo dependía de las alianzas políticas de cada región.
Tercero, el Cisma de la Reforma Protestante, en el Siglo XVI. Martín Lutero protestó por el abuso en el poder de la iglesia, y a partir de ahí varias comunidades eclesiales rompieron con la iglesia católica y con la autoridad central del Papa; fueron excomulgados, y levantaron sus propias instituciones basadas en los mismos libros sagrados, pero con diferencias litúrgicas.
Así, para evitar futuros cismas, la iglesia católica instituyó durante el Siglo XIX una figura de derecho canónico con carácter de dogma que se conoce como “La Infalibilidad Papal”, que es -básicamente- convenir que el Papa no se equivoca cuando declara sobre temas doctrinales, litúrgicos, y teológicos. A pesar de lo anterior, ahora mismo la iglesia católica enfrenta una cuarta crisis cismática con el conflicto entre la autoridad papal y la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, cuyos seguidores también son conocidos como Lefebvrianos. Un conflicto que radicaliza posturas dentro y fuera de la iglesia, y que tiene impacto colectivo, fuera de los muros de esa institución.
El conflicto entre el papado y los Lefebvrianos se remonta a la década de 1960, luego del Concilio Vaticano II. En este concilio sucedieron reformas importantes, entre las que destacan: abolición de la “Misa Tridentina”, que es en latín con el sacerdote de espaldas a los feligreses; la abolición de la exclusividad interpretativa de las escrituras reservada al clero, lo que impulsó la formación de grupos laicos para la lectura de textos religiosos; y la apertura ecuménica de la iglesia al diálogo con otras religiones.
Estas reformas fueron criticadas por los sectores más conservadores de la iglesia. Entre ellos, los representados por el arzobispo francés Marcel Lefebvre. Él, junto con el obispo de suizo François Charrière, fundó en 1970 la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, para formar sacerdotes que preservaran el modelo más conservador y tradicionalista de Iglesia, previo al Concilio. El nombre del grupo homenajea al Papa Pío X, quien a inicios del Siglo XX, en una encíclica, calificó al "modernismo" como "la síntesis de todas las herejías".
Luego, en 1988, Juan Pablo II acusó a los Lefebvrianos de "cismáticos", porque su fundador violó el Derecho Canónico al consagrar a obispos. El Código de Derecho Canónico, en su artículo 377, dice que solo el papa puede elegir a los obispos. Como sanción, el Papa los excomulgó de la iglesia. Después, Benedicto XVI les quitó la sanción en 2009, pero no se alcanzó un diálogo. Al contrario, las posturas lefebvrianas se radicalizaron luego de que el papa Francisco impulsara movimientos dentro de la iglesia, tales como el permiso de que las personas divorciadas pudieran comulgar, la apertura a la diversidad sexual, y la puesta en valor del papel de la mujer en la religión.
Ahora, con León XIV, los Lefebvrianos volvieron a infringir el Derecho Canónico al nombrar obispos por sí mismos, sin la autorización papal. La consecuencia directa ha sido la excomunión de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X y a los seguidores que se adhieran a la fraternidad, que suma unos 720 sacerdotes y 500.000 fieles en el mundo. Así, en pleno Siglo XXI, vemos un nuevo cisma en la Iglesia Católica, motivado por dos visiones religiosas: la que busca adaptarse a los tiempos, y la que busca conservar estamentos a pesar de que el mundo está cambiando. El tema es del interés público, seamos creyentes o no, porque esto no es un tema de fe, sino de política; ya que se radicalizará el diálogo colectivo e impactará en los asuntos de todas y todos.