Cuba: lo que no dice la palabra “colapso”
Decir “colapso energético” es decir que la electricidad ha dejado de sostener la vida
Hay palabras que parecen técnicas, pero en realidad son máscaras. “Colapso energético” es una de ellas. Suena a informe, a gráfico, a línea descendente en una curva. Suena a ingenieros, no a cuerpos. Sin embargo, cuando esa frase se pronuncia en Cuba, no describe una falla: describe una forma de vida.
Las palabras, lo sabemos desde los antiguos, no solo nombran el mundo: también lo esconden. En la Grecia clásica, krisis significaba decisión, el momento en que algo se inclina hacia un lado u otro. Hoy la usamos como si fuera una tormenta sin rostro. Pero en la isla, ese colapso no es una abstracción: es el instante en que una incubadora se apaga, en que una madre se abanica durante la noche para que su hijo no se ahogue en el calor, en que la comida se pudre antes de llegar al plato.
Decir “colapso energético” es decir que la electricidad ha dejado de sostener la vida. Es aceptar que lo invisible —esa corriente que recorre cables y ciudades— era, en realidad, el hilo más frágil del tejido humano. Cuando se rompe, no cae solo la luz: cae el tiempo. Los días se reorganizan en torno a la oscuridad, como en las civilizaciones antiguas, donde el fuego era un bien escaso y la noche imponía su ley.
Pero hay algo más profundo en esa frase. Porque no se trata solo de la ausencia de energía, sino de la ausencia de alternativas. Una isla no es solo un territorio rodeado de agua: es un límite. Y cuando ese límite se vuelve político, económico y físico al mismo tiempo, el colapso deja de ser una crisis y se convierte en encierro. Los romanos llamaban insula a ciertos bloques de viviendas donde la multitud vivía apretada, vulnerable a incendios y derrumbes. La palabra sobrevive hoy, pero su eco resuena distinto cuando la isla entera parece convertirse en una sola habitación sin salida.
Traducir “colapso energético” es, entonces, devolverle su peso humano. Es entender que no habla de cables, sino de cuerpos. Que no habla de voltajes, sino de latidos. Que no es una metáfora, sino una interrupción concreta de la vida cotidiana: del agua que no sube por las tuberías, del transporte que no llega, del hospital que no puede esperar.
Quizá por eso las palabras técnicas nos resultan cómodas: nos permiten mirar sin ver. Nos ofrecen la ilusión de distancia. Pero hay realidades que exigen ser nombradas sin eufemismos. Porque cuando una sociedad se queda a oscuras, no solo pierde la luz. Pierde también la posibilidad de imaginar el día siguiente.
Y sin esa posibilidad —sin esa mínima promesa de continuidad— lo que se apaga no es solo la energía. Es algo más antiguo y más frágil: la esperanza.
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