“Gobiernos profesionales, honestos y eficientes: una urgencia nacional"
Los gobiernos novatos no saben a dónde quieren ir, les da lo mismo por dónde vayan
Uno de los peores rasgos del deterioro de la vida pública es la degradación en la calidad de los gobiernos y de los políticos que ocupan cargos gubernamentales. Esto, que parece simple, es demasiado grave porque las malas personas toman malas decisiones, y si sólo tuvieron un impacto negativo en sus vidas, pues pasa. Pero lo que deciden puede dañar a toda una comunidad. Vayamos por partes. ¿Qué quiere decir buenos gobiernos? Básicamente una cosa.
Hacer que la gente viva mejor, mediante la provisión de muy buenos servicios públicos, la certidumbre de que se puede vivir tranquilo, con plena seguridad pública, y la creación de las condiciones óptimas para que cada quien se desarrolle de acuerdo con su talento, trabajo y capacidad, y tenga buenos empleos, buenos emprendimientos e ingresos dignos para cada persona y sus familias. Pero en lugar de tener esos tres activos, lo que tenemos son tres síndromes.
El primero es el síndrome de la confusión. Como los gobiernos novatos no saben a dónde quieren ir, les da lo mismo por dónde vayan. Es decir, qué camino tomen, y es que no hay planeación ni rumbo concreto.
El segundo síndrome es el del Circo Atayde. En lugar de seleccionar a las mejores personas, las más aptas para cada puesto, las más preparadas, llevan a cada posición a los mismos changos, leones y payasos, sin importar lo que sepan hacer. Lo que quieren son aliados y cómplices, y no funcionarios de altísima calidad.
Y el tercero es el síndrome de la explicación. Ustedes se han dado cuenta en este mismo programa y en esta misma estación de que cuando se les reporta un problema a un funcionario, su reacción más inmediata, es decir, que toma nota y ofrecer una explicación, es decir, confirma que sólo hay dos clases de funcionarios, los que explican y los que resuelven, y lamentablemente abundan los primeros y faltan los segundos.
La segunda cuestión, muy grave, es la forma de asignar el presupuesto público, porque presupuestar es gobernar. Es decir, como en cualquier inversión, hay que tomar en cuenta su tasa de retorno social y económico, y aquí hay también graves errores.
Por ejemplo, uno de los grandes fracasos que cumplió ya tres años, por cierto, es el de haber remunicipalizado el servicio del agua, básicamente por razones electorales, pero resulta que entre el 60 y el 80 por ciento de los usuarios critica hoy la eficiencia del servicio, lo que quiere decir que hay un pésimo manejo. Además, este año del 2025 se le destinan a ese organismo 1.331 millones de pesos, y en 2026 se tiene previsto que sean 1.520 millones de pesos, es decir, la cuarta parte del presupuesto municipal.
La pregunta es muy sencilla. ¿No habría sido mucho más inteligente, mucho más rentable y mucho más transparente dedicar esa enorme cantidad de dinero a reparar las calles de la ciudad, a invertir en educación de calidad, a tener un sistema impecable de recolección de basura o de alumbrado público, sabiendo que una empresa privada puede prestar el servicio de manera mucho más oportuna, eficiente y transparente?
Y la tercera cuestión, es la rendición de cuentas. Véase, por ejemplo, el caso del aeropuerto, que por sus pistolas decidió hacer López Obrador en Santa Lucía y que hoy es un completo fracaso. Ese capricho, esa ocurrencia, le costó a los mexicanos al menos 331 mil millones de pesos, es decir, el presupuesto de 10 años del gobierno del estado de Aguascalientes.
Y sin embargo, nadie ha rendido cuentas, nadie ha caído en la cárcel, nadie se hizo responsable de tal fracaso. En suma, ya es hora y es urgente de que México, sus estados y sus municipios tengan gobiernos profesionales, competentes, honestos y eficientes. Algo que el día de hoy no tenemos.
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