Hacia una nueva ola política en América Latina
La única modalidad que se presenta a sí misma como progresista es Morena, en México, y que por lo visto se ha quedado sola en el mapa regional.
Tiempo atrás, con humor negro y sobrada razón, un prestigiado analista venezolano, Moisés Naím, escribió: “América Latina tuvo otro año normal: el crecimiento económico fue bajo; la inestabilidad, alta; la pobreza, generalizada; la desigualdad, profunda, y la política, feroz. En otras palabras: nada nuevo”.
Por ello, es casi esquizofrénico insistir, ya sea en el país o en el estado, que somos el ombligo del mundo, formular alegatos inútiles en foros banales o dejarse esquilmar por partidos, movimientos o frentes para ocultar la fría realidad de que en el complejo y competido mundo económico, social y tecnológico del siglo XXI el populismo y la demagogia de las llamadas izquierdas sencillamente parece haber sido un fracaso, razón por la cual han perdido las elecciones en Argentina, Chile, Perú, Bolivia, Ecuador, Colombia y todo parece indicar que sucederá lo mismo en las próximas semanas en Brasil y España.
La única modalidad que se presenta a sí misma como progresista es Morena, en México, y que por lo visto se ha quedado sola en el mapa regional.
En una pincelada rápida, el lienzo latinoamericano actual destaca sobre todo por crisis recurrentes de corrupción, inseguridad y crimen organizado; estados casi fallidos; destrucción institucional y democrática; incompetencia gubernamental; una degradación de la vida política y de la calidad de la conversación pública, y, por supuesto, una sociedad civil de baja intensidad donde las personas exigen muchos derechos pero están apenas dispuestas a cumplir muy pocas obligaciones y responsabilidades.
En consecuencia, el problema es que los gobiernos de América Latina, México incluido, no advirtieron a tiempo que lo que se está viviendo es el surgimiento de un paradigma en cuyo centro está la innovación, la libertad económica, la educación de excelencia, la investigación aplicada y pertinente, y una competitividad sofisticada y robusta.
Lo más grave es que hoy, en lugar de comprender ese mundo demandante y dinámico, de aceptar e incluso anticipar hacia dónde van las economías y sociedades, como lo han logrado otras regiones como Asia, e intentar subirse al vagón del nuevo paradigma, hay un proceso de confusión, de reemplazar la falta de resultados con el show mediático, de extravío de prioridades y de retroceso mental que insiste en malas decisiones y lugares comunes como reducir el papel de los gobiernos a repartir un dinero que es cada vez más escaso, a inventar proyectos fallidos como trenes, aeropuertos o refinerías, a operar directamente servicios públicos como agua y energía que podría hacer mucho mejor el sector privado, o a producir bienes de muy mala calidad como leche, medicinas o frijol o manejar servicios como el transporte público. Con todo ese menú, por supuesto, lucran paladinamente las burocracias corruptas y extractivas a todo nivel y en todas partes.
El problema es que, dicho con frialdad, esas prácticas se agotan un día, ya no hay dinero para pagarlas, el endeudamiento público sube y se vuelve inmanejable, y un buen día la ciudadanía se harta y lo que quiere es echar a los responsables y cambiar de personas, de partidos o de modelos que ya no le proveen lo que quisiera.
Eso es justamente lo que ha pasado en todos esos países y ocurrirá en México y en muchos de sus estados en los próximos años.
En suma, esta es la tragedia política de la región, una tragedia que nadie quiere reconocer.
-
Las ideas aquí expresadas pertenecen solo a su autor, binoticias.com las incluye en apoyo a la libertad de expresión.