La distancia entre querer y poder
Porque estudiar muchas veces significó también eso: cortarle un pedacito a la familia para invertirlo en el futuro de uno. Y cuando uno finalmente llegaba, llegábamos todos.
Cosío va a tener universidad.
Hay lugares donde esa noticia puede parecer una obra pública. En un pueblo como el nuestro es otra cosa: es acortar la distancia entre querer ser algo y tener realmente la posibilidad de intentarlo.
Quienes crecimos en pueblos sabemos que, cuando uno es niño, las diferencias todavía no se ven.
En la secundaria todos soñamos más o menos igual. Queremos ser médicos, maestros, ingenieros, abogados. Hay quien aprende rapidísimo, quien pregunta todo, quien parece haber nacido con una curiosidad imposible de contener. Entonces todavía creemos que el futuro se reparte de acuerdo con las ganas.
Después llega la vida y nos enseña que no.
Que ser inteligente no basta.
Que sacar buenas calificaciones tampoco.
Que incluso el esfuerzo tiene límites cuando la oportunidad queda demasiado lejos.
Para estudiar fuera de un pueblo hace falta mucho más que talento. Hace falta un camión que pase a tiempo. Dinero para el pasaje. Horas para recorrer el camino. Una familia capaz de estirar el ingreso un poco más. Alguien dispuesto a levantarse antes del amanecer y regresar cuando el día ya terminó.
Hace falta que la vida alcance.
Y no siempre alcanza.
Todos conocemos a alguien que pudo haber estudiado y no pudo. Alguien brillante que terminó tomando otro camino. No necesariamente porque eligiera mal, ni porque sus padres no creyeran en él, ni porque le faltaran ganas.
Simplemente llegó ese momento terrible en que el sueño costaba más de lo que una familia podía pagar.
Eso también es desigualdad.
No sólo que unos tengan más que otros.
Sino que dos jóvenes igualmente capaces miren el mismo horizonte y sólo uno tenga cómo llegar.
En nuestros pueblos, además, cuando alguien logra estudiar, rara vez estudia solo.
Estudia una familia entera.
La madre que hace cuentas.
El padre que trabaja un poco más.
Los hermanos que entienden que habrá que apretarse.
La casa que aprende a vivir con una silla vacía.
Porque estudiar muchas veces significó también eso: cortarle un pedacito a la familia para invertirlo en el futuro de uno.
Y cuando uno finalmente llegaba, llegábamos todos.
Quizá por eso cuesta explicar desde fuera lo que significa que Cosío vaya a tener una universidad.
No son solamente aulas.
Es tiempo devuelto.
Son kilómetros que ya no habrá que recorrer.
Son desayunos que podrán hacerse en casa.
Son padres que quizá no tendrán que escoger entre proteger a sus hijos y dejarlos partir demasiado pronto.
Es una muchacha que podrá pensar primero qué quiere ser y no cuánto cuesta llegar hasta donde se estudia para serlo.
Es un joven que no tendrá que aceptar que el lugar donde nació decidió por él.
Durante generaciones nos acostumbramos demasiado a una idea: para crecer había que irse.
Irse a estudiar. Irse a trabajar. Irse a buscar una oportunidad. A veces a la capital; otras, mucho más lejos.
Y marcharse no es malo.
Ojalá nuestros jóvenes conozcan el mundo. Ojalá viajen, aprendan otros idiomas, estudien en otros países, descubran lugares que ni nosotros imaginamos.
Pero existe una diferencia enorme entre marcharse para descubrir el mundo y marcharse porque el mundo nunca llegó hasta tu casa.
Esta universidad empieza a cambiar eso.
No solucionará todo. Ninguna universidad puede hacerlo. Seguirán haciendo falta becas, transporte, buenos profesores, carreras pertinentes y empleos para quienes egresen.
Pero habrá algo que antes no estaba:
una puerta.
Y las puertas cambian historias.
Para abrir ésta hicieron falta decisiones.
Hay que reconocer la voluntad política de la gobernadora Tere Jiménez para llevar educación superior a Cosío; la insistencia del presidente municipal, de su síndico, de las regidoras y los regidores que sostuvieron la gestión; y, sobre todo, la generosidad de los ejidatarios que decidieron entregar parte de su patrimonio para que la universidad tuviera dónde levantarse.
Ese último gesto merece quedarse en la memoria del pueblo.
Porque quienes conocen el campo saben que la tierra no es sólo tierra.
Es trabajo acumulado.
Es patrimonio.
Es lo recibido de quienes estuvieron antes y aquello que normalmente se guarda para quienes vendrán después de nosotros.
Por eso donar tierra para una universidad contiene una forma particularmente hermosa de entender la comunidad: considerar también como propios a los hijos de los demás.
Pensar en jóvenes que uno no conoce.
En niños que todavía no nacen.
Sembrar algo cuyo fruto quizá nunca veremos.
Algún día habrá estudiantes caminando por esas hectáreas y probablemente no conozcan todos los nombres de quienes hicieron posible que estuvieran ahí.
Tal vez ése sea precisamente el sentido.
Que dentro de veinte años tener una universidad en Cosío ya no sea noticia.
Que sea normal.
Que nuestros niños crezcan creyendo que estudiar es una posibilidad y no un privilegio extraordinario.
Que cuando alguien diga en una secundaria “quiero ser médico”, “quiero ser ingeniera”, “quiero seguir estudiando”, nadie tenga que bajar la mirada antes de responder.
Durante mucho tiempo contamos historias sobre quienes tuvieron que irse para poder llegar.
Ahora podemos empezar a contar otras.
Historias de quienes se fueron porque quisieron.
De quienes regresaron.
De quienes decidieron quedarse.
Pero, sobre todo, de quienes por primera vez pudieron elegir.
Porque eso es una oportunidad:
no prometerle a alguien que cumplirá sus sueños.
Sino conseguir que, al menos, el lugar donde nació no sea la razón por la que tenga que abandonarlos.
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