Los costos los pagamos nosotros
. Debo decir que hubo vacíos de información, porque los propios gobiernos federal, estatales y municipales tenían distintas estrategias de comunicación
Lo que vivimos el domingo pasado fue muy fuerte. Tras la captura y muerte de un gran capo del crimen organizado, en Tapalpa, Jalisco, se reportaron reacciones violentas en 20 estados de la república. En el comentario de hoy llevo la reflexión hacia dos lados: la información y la vida cotidiana.
Comencemos con la información. El domingo vimos cómo se multiplicaban las noticias de narcobloqueos en carreteras y avenidas, así como incendios provocados en tiendas de conveniencia, algunos supermercados y hasta farmacias, primero en Jalisco y después más lugares. La información fluía tanto a través de medios periodísticos y fuentes gubernamentales, como de personas que o estaban en los lugares afectados o bien veían pasar cosas en redes sociales y mensajería instantánea y las compartían. Debo decir que hubo vacíos de información, porque los propios gobiernos federal, estatales y municipales tenían distintas estrategias de comunicación: en algunos se fue informando oportunamente y, en otros, se notaba que no había postura oficial de las autoridades. El asunto es que los vacíos se llenan.
En medio de tanta información, había también muchas noticias falsas: fotografías y videos reenviadas muchas veces sin tener claro el origen, supuestos comunicados gubernamentales de toques de queda, notas alarmistas provenientes de medios no muy confiables, creadores de contenido que estaban haciendo afirmaciones muy fuertes sin que hubiera evidencias, todo en tiempo real.
Si esto hubiera sido en 1987, quizá nos habríamos enterado bien a bien hasta el noticiero del día siguiente, pero el entramado mediático y digital de nuestros tiempos se caracteriza por lo instantáneo. Eso demanda mucho esfuerzo del periodismo serio y también demanda responsabilidad por parte de todas y todos. Por lo mismo, valoro mucho la labor de periodistas y verificadores de datos que se dieron a la tarea justamente de verificar y aportar información útil, fiable y, sobre todo, responsable. Ellas y ellos revelaron, por ejemplo, que varias de las imágenes fueron creadas con inteligencia artificial; o que algunas más eran reales, pero venían de otros contextos.
Esto mismo de la instantaneidad, por otro lado, permitió a muchas personas ponerse a salvo, evitar circular por las zonas afectadas, resguardarse con sus familias y amistades, saber si estas estaban bien, acompañarles a distancia, compartir ubicación, pedir ayuda, llevar ayuda. Las redes de solidaridad se hacen más evidentes en los momentos de crisis. Así ocurrió el domingo y en los días posteriores.
Esto se conecta con el otro punto, el de la vida cotidiana. Si bien el ataque coordinado en tantos estados al mismo tiempo nos tomó por sorpresa, la violencia no es algo nuevo para nuestro país y para esta zona. Por poner un ejemplo, en agosto de 2022 también hubo narcobloqueos en Jalisco y Guanajuato, tras la detención de líderes del mismo cartel. Aquella vez también suspendimos clases presenciales y algunas otras actividades. Si me voy más atrás, supe qué eran los narcobloqueos cuando era estudiante de doctorado en Guadalajara, a partir de 2011. Y, si me voy todavía más atrás, conocí estas sensaciones desde aquel jueves negro en febrero de 2007 en Aguascalientes, cuando la primera balacera derivó en que prácticamente cerraran la ciudad al mismo tiempo que yo regresaba también de Guadalajara.
Traigo esto a cuento, porque estos días pensaba en lo mucho que hemos naturalizado la violencia. No es que vivamos en zona de guerra o que sintamos miedo diario, pero son 20 años, en los que han pasado tres presidentes y una presidenta, de tres partidos políticos diferentes, con estrategias de seguridad muy diferentes, pero lo que no cambia es que las consecuencias de la acción o inacción las seguimos pagando nosotros. Estos días pensaba que ya hemos naturalizado mucho, pero no podemos vivir así, activando el sentido de alerta cada cierto tiempo, extremando precauciones para salir a trabajar o estudiar, acumulando estrés y asumiendo individualmente los riesgos, porque es lo que hacemos. ¿Qué vamos a hacer con el trauma que arrastramos varias generaciones? ¿Cómo vamos a apoyar a nuestras y nuestros jóvenes que no conocen una realidad distinta? ¿Cómo nos vamos a seguir apoyando entre nosotros?
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