Morena vuelve al territorio

Nadine Cortés

La señal es incómoda: Morena necesita volver al territorio

Nadine Cortés

Hay movimientos que no necesitan confirmarse para entenderse.

La salida de Luisa María Alcalde de la dirigencia de Morena y la renuncia de Ariadna Montiel a la Secretaría de Bienestar —aunque aún no se formalice un relevo— no son hechos aislados, son una señal.

Y la señal es incómoda: Morena necesita volver al territorio.

Durante meses, la conducción del partido apostó por una lógica que parecía suficiente: afiliación masiva, narrativa constante, presencia mediática, defensa pública. Bajo esa lógica, el partido se explicó, se posicionó, se defendió.

Pero no se ordenó.

Y ese es el problema.

Porque la política no se gana explicando el poder, sino administrándolo. No se sostiene con presencia digital, sino con estructura. No se resuelve en el debate público, sino en la capacidad de imponer disciplina, procesar candidaturas y contener ambiciones internas.

Ahí es donde empieza a leerse el movimiento.

La llegada de Montiel —o incluso la sola posibilidad de que encabece Morena— no habla de una renovación discursiva. Habla de un giro operativo. No viene de la narrativa, viene de la estructura. No viene del posicionamiento, viene de la ejecución.

Y no es menor de dónde viene.

La Secretaría de Bienestar no es solo política social. Es presencia territorial, es despliegue institucional, es conocimiento fino del país. Es, en términos políticos, una de las pocas estructuras capaces de leer el territorio en tiempo real.

Eso, en México, siempre ha significado poder.

No hace falta romantizarlo ni condenarlo, basta entenderlo.

Y ahí aparece el contraste inevitable.

La dirigencia de Alcalde representaba otra cosa: institucionalidad, comunicación, defensa del proyecto. No era irrelevante, pero tampoco era suficiente para la etapa que viene.

Porque Morena ya no está en fase de consolidación simbólica, tampoco en expansión. Está en fase de supervivencia política, y esa diferencia cambia todo.

Claudia Sheinbaum parece haberlo entendido a tiempo. No está reaccionando a una crisis visible, está corrigiendo una debilidad estructural antes de que se vuelva irreversible.

Porque el riesgo no es hoy, el riesgo es 2027.

Las elecciones intermedias no se pierden por falta de narrativa. Se pierden por falta de estructura, por candidatos mal procesados, por partidos desordenados, por liderazgos que no logran imponer control interno.

Y Morena, pese a todo el poder que concentra, no está blindado contra ese desgaste. Por eso este movimiento no puede leerse como un relevo personal. Hacerlo sería absolver demasiado rápido los errores y omisiones de la dirigencia de Luisa María Alcalde, como si el problema hubiera sido solo de nombres y no de fondo: mucha exposición, poca conducción; mucha narrativa, poco territorio.

Debe leerse como una definición política.

Morena está dejando de apostar por la narrativa como eje central y está regresando a lo que, en este país, históricamente ha sostenido el poder: el territorio.

La pregunta no es si funcionará, la pregunta es qué costo tendrá.

Porque cada vez que un partido dominante vuelve al territorio, no solo gana control.

También revela su miedo a perderlo.

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