Retrógradas y antiderechos
En el continente americano se ha revivido un auge de gobiernos y grupos retrógradas y anti derechos que buscan limitar las libertades civiles o coartar de manera selectiva los derechos alcanzados.
En las democracias republicanas y ciudadanizadas, por su naturaleza colectiva, los derechos humanos y las libertades civiles tienden a ampliarse, a tener avances progresivos; de tal modo que, al paso del tiempo, abarcan y atienden la serie de necesidades de la totalidad de la población.
En ese sentido, a las personas que impulsan esta progresión de derechos se les conoce como “progresistas”. En la antítesis, en la contra parte, las personas que buscan limitar los derechos y segregarlos, o que impulsan la regresión de las libertades civiles, se les conoce simplemente como retrógradas, porque buscan la retroactividad de logros jurídicos alcanzados históricamente. Así, en las cúpulas del poder y en las bases sociales, hay gente pro derechos y gente anti derechos.
En el continente americano se ha revivido un auge de gobiernos y grupos retrógradas y anti derechos que buscan limitar las libertades civiles o coartar de manera selectiva los derechos alcanzados. Muchos de estos gobiernos representan a la derecha política, como Argentina, con Javier Milei; Chile, con José Antonio Kast; Ecuador, con Daniel Noboa; o El Salvador, con Nayib Bukele; son representantes de gobiernos de derecha que han actuado contra los derechos humanos o las libertades civiles que sus poblaciones habían alcanzado. Pero, también, en el espectro de la izquierda ideológica, en Nicaragua, Daniel Ortega busca abolir las elecciones y criminalizar a la oposición.
Este retroceso a gobiernos de corte totalitario y antiderechos viene en cascada desde el gobierno de Estados Unidos y de sus grupos de poder. Donald Trump ha sido enfático en ampliar los alcances de la Doctrina Monroe, y -como si viviéramos en la Guerra Fría y en la Operación Cóndor- ha buscado impulsar moviminetos políticos que le son afines en los distintos países del continente.
De este modo, dentro de los grupos de poder pro Trump en Estados Unidos, la activista antiderechos Erika Kirk (viuda del fascista Charlie Kirk, quien fuera asesinado en circunstancias oscuras) declaró hace unos días que “para fortalecer a la familia tradicional” había que restringir el voto de las mujeres y dejarlo en un modelo de voto por hogar, ejercido por el patriarca de la casa. Justo como en las teocracias islámicas.
A pesar de que esa declaración es una ocurrencia de mal gusto, en México varios grupos y personajes conservadores hicieron eco de la propuesta; por ejemplo, un tal Javier Albarrán, abogado y creador de contenido, quien se sumó a la idea chabacana de restringir el sufragio a un voto por hogar. En el mismo sentido, otra abogada y creadora de contenido, conocida como Natalia Torres, propuso en un podcast que el sufragio fuera limitado por umbrales académicos; es decir, que sólo la gente con cierto nivel de escolaridad pudiera votar.
De este modo, propuestas así, retrógradas y antiderechos, son una alarma en varias vías: primero, quien propone estas tonterías, lo hace desde una burbuja de privilegios que revela el total desconocimiento de la realidad social de quien las propone; es decir, es un problema no sólo educativo, sino de una empatía comunitaria que ha sido erosionada por el egocentrismo político. Segundo, quien propone estas barbaridades no solo ignora la historia, sino que quiere imponer sus sesgos cognitivos desde el escaparate mediático que les dan las redes sociales, para desinformar y agrupar a sus afines en movimientos menos atomizados.
En este sentido, vale la pena recordar a Umberto Eco, y la frase que nos regaló en 2015, en Turín, luego de recibir un doctorado honoris causa: “Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad”.
Y, justo, este es el aspecto importante: el daño a la comunidad. Por eso, es importante tener en cuenta la Paradoja de la Tolerancia, de Karl Popper. Este concepto lo explica en su libro La sociedad abierta y sus enemigos, escrito en 1945, en el que comparte lecciones sobre cómo ascendieron los regímenes totalitarios en el siglo XX. Ahí, Popper explica que, para mantener una sociedad tolerante, ésta debe ser intolerante con la intolerancia; ya que, si hay una tolerancia ilimitada, las ideologías intolerantes destruirán a los tolerantes. Dicho de otra forma, por el bien de todas y todos, con los fascistas no se dialoga; se les combate.
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