La Copa y sus claroscuros

Hilda Hermosillo Hernández

La Copa Mundial de 2026 ha desnudado los claroscuros de México

Hilda Hermosillo Hernández

La Copa Mundial de 2026 ha desnudado los claroscuros de México. Mientras nuestro país celebraba su histórico triunfo inaugural, una veintena de protestas aprovechó la visibilidad planetaria del fútbol para alzar la voz por el magisterio, los sindicatos y las familias de personas desaparecidas. Desde las periferias de la agenda nacional, resonó una pregunta devastadora: “El balón regresó a casa. Y nuestros hijos, ¿cuándo?”.

Este fenómeno dista de ser nuevo: en las últimas dos décadas, el campeonato de la FIFA ha funcionado como un catalizador de tensiones sociopolíticas en los distintos países anfitriones, cuyas sociedades han encontrado en la atención mediática global, una oportunidad para visibilizar demandas ignoradas por sus gobiernos.

La rebelión del vinagre en Brasil 2014 es un caso emblemático, donde la indignación surgida por el aumento en las tarifas del transporte los meses previos a la justa mundialista, escaló hacia una concentración multitudinaria que movilizó a millones de personas bajo el lema "¿Copa para quién?", cuestionando la inversión pública en estadios de primer nivel mientras los sistemas de salud, educación y transporte público arrastraban graves deficiencias. 

En 2018, mientras se inauguraba el Mundial en Rusia, el Kremlin propuso elevar la edad de jubilación, desatando protestas en decenas de provincias, con excepción de aquellas en las que se jugaba algún partido. Entonces, la oposición acusó al gobierno ruso de aprovechar la distracción de la fiesta futbolística para imponer medidas que afectaban directamente los derechos laborales.

A pesar de sus estrictas leyes contra la huelga, en Catar 2022 decenas tomaron las calles contra la explotación laboral sufrida por inmigrantes contratados bajo el sistema Kafala, para la construcción de la infraestructura necesaria para albergar la Copa en ese año. La presión internacional y las tensiones internas obligaron al gobierno catarí a implementar reformas laborales, entre ellas el establecimiento de un salario mínimo no discriminatorio.  Ello, sin mencionar la polémica en torno a su adjudicación como sede mundialista.

Aunque la Copa de 2010 es recordada por el “waka, waka” el descontento causado por la desigualdad estructural en Sudáfrica, marcó el proceso de preparación. Protestas por la explotación laboral y el desplazamiento forzado de comunidades marginadas para dar paso a la infraestructura turística y el "embellecimiento" de las zonas aledañas a los estadios, terminaron por visibilizar internacionalmente que, pese al fin del Apartheid, la segregación seguía siendo una tarea pendiente en la democracia sudafricana. 

Así las cosas, cuando los estadios se apaguen y la fiesta termine, las exigencias seguirán ahí, esperando respuestas.

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