Los mortales placeres de la rutina
En el entendido de que cada tragedia personal, es muchas veces nimia y a la vez de proporciones cósmicas, hubo sin embargo dos hechos especialmente graves
Como supongo la inmensa mayoría, me resistí muchos años a los plácidos venenos de la rutina; como todos los que ya tenemos nuestros años, incluida la tarjeta del INAPAM –pero todavía no la pensión del Bienestar, sea lo que sea eso del bienestar–, terminé sucumbiendo a ellas: por cansancio, por comodidad, por resignación, incluso por abatimiento. Responda usted: A, B, C, D, todas las anteriores, ninguna de las anteriores.
Hace seis años una hecatombe chiquita, un oximorón ciertamente, casi demoledora y a la vez banal (otro, si cabe), me cambió de golpe la dulzura mortal del hastío doméstico; todo sucedió tan de golpe que apenas me di cuenta. De repente, así en cuestión de días, me vi de repente liberado como no lo estuve nunca, y a la vez en la indigencia de quien no sabe qué hacer con la libertad conquistada.
En el entendido de que cada tragedia personal, es muchas veces nimia y a la vez de proporciones cósmicas, hubo sin embargo dos hechos especialmente graves: uno irreparable, una muerte; otro doloroso, pero parte de esas leyes no escritas de la vida: una marcha.
El tiempo pasó y se cumplió aquello que decía, cuenta el cuento, aquel anillo que unos sabios le dieron al sabio Salomón: “Gam zeh ya'avor”: todo esto pasará.
De vez en vez el hijo viene a casa. Cruza la Mar Océana, se instala en su habitación de siempre, se sienta en su sillón favorito, abre la nevera donde ahora hay leche y entra en la alacena donde ahora hay cereales (que yo nunca bebo, ni como), prepara el café, en las mañanas me abraza para darme los buenos días.
Suele venir un par de semanas, a veces menos, y reparte su tiempo entre su trabajo, que sigue realizando a distancia, las visitas a sus familiares queridos, a sus amigos de toda la vida; pasa todo el tiempo que puede con su madre; me acompaña de vez en vez a recrear viejos rituales…
En un salón siempre solo de casa hay una ya vieja consola de videojuegos y una televisión. No deja, en un ejercicio de su propia nostalgia, de prender una versión ya añeja de su juego de futbol (así sin tilde, y siempre por favor) y yo, que leo allá arriba, escucho la cantaleta de siempre en las voces sintéticas de los mismos narradores de siempre, uno de ellos Mario Kempes, aquel que admiré cuando yo no sabía de que lo que estábamos viendo, además de la masacre a nuestro seleccionado nacional, era la Copa de la Infamia.
Hace unas noches, recién llegado, dormía yo cuando escuché un crujir de puertas que me sobresaltó. Un caco deplorable, pensé yo al pegar el salto de la cama, hasta que reparé que era el doméstico ruido del hijo que entraba o salía de su habitación, tan común antes y ahora tan extraño.
Bastan dos o tres días para que la vida doméstica se instale en una casa de común vacía. El portazo, el rugir de las cañerías cuando se jala la cadena de un váter, el tamborileo de la tapa de la cafetera que ronronea hervores; el mejor de todos: su teclado que traduce a sus ágiles dedos que, a su vez, trasladan esa música que desde niño le habita el cuerpo.
Pronto el corazón que se mece en la tibieza de lo reconocible, se acuna en esa placidez de una rutina que tiene el amargo aroma del perfume que sabemos que acompaña a esa mujer que se aleja, de esa flor que tremola y sabemos que no sobrevivirá el otoño.
Hace muy poco que llegó y ya corren las horas que se agotarán con su marcha, horas raudas que pasan y hacen daño, como si se tratara del vendaval helado de ciertas mañanas desapacibles. Y volverá la rutina con sus placideces (y perdón por el barbarismo lusitano), las tardes silenciosas y tranquilas bajo la luz de la lámpara de pie; y pronto volveré a acomodarme en el suave lecho de lo cotidiano y extrañaré el crujir de la duela donde ya no camina nadie –a menos que sea el desventurado e imaginado caco de antes y tenga que usar la cachiporra.
Abur.
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